Por: Cartas de los lectores

Lo malo de la Feria del Libro

Acaba de terminar otra versión de la Feria del Libro de Bogotá. Y sólo se escuchan y se leen elogios sobre el evento. Edulcorada por el entusiasmo a veces superficial de los medios de comunicación y el fervor pasajero de un público generalmente esquivo a la lectura, la feria oculta otra realidad que muestra cual es la verdad de la industria y el comercio del libro en nuestro país.

Para que no se diga que oficiamos de funesta Casandra, hablaremos primero de lo bueno . El evento ferial cumple un papel importante como lugar de encuentro de editores y distribuidores, para realizar contactos internacionales que permiten realizar  negocios de importación o exportación; para acordar derechos de ediciones; para que los autores se reunan entre sí y con su posible público lector. Esto último es bueno porque se cumple con el deber del rito de la “hoguera de las vanidades” y el “club de los elogios mutuos” aumenta sus socios.

También es verdad que durante quince días todos los medios de comunicación, incluyendo las sensuales presentadoras de farándula, se ocupan  de promocionar los lanzamientos de las últimas novedades bibliográficas que estarán presentes en los stands de la feria. Y por supuesto es bueno que se hable de los libros, aunque sea una vez al año. Mucha gente, de tanto oír y ver sobre los libros, piensa que de repente “eso de los libros es algo bueno”, o por lo menos “que está de moda” y hay que comprarse  uno a ver qué pasa. Hasta aquí, todo va bien. Es lo normal que se hace en otras ferias del mundo. Lo malo viene ahora.

Empecemos con la publicidad del evento, que está dirigida a hacer creer al público que por única vez y en el único lugar donde se pueden encontrar libros baratos y todos los libros es en la feria. En vez de servir de vínculo de enganche entre el público lector y los canales tradicionales de la venta de libros, que son las librerías, para que el consumo no sea esporádico sino permanente, el mensaje que se envía es el de: “Compre ahora y hasta el año que viene”. ¿Eso crea lectores habituales? ¿Eso le sirve a la industria del libro? La feria está concebida como una gigantesca librería en donde se mezclan, como en el tango, “cambalache”, editoriales respetables y tradicionales y distribuidores  de libros de segunda. Allí se confunde el libro legal y el ilegal; saldistas que ofrecen a precios irrisorios los mismos sellos editoriales que están presentes en el recinto con sus libros a otro precio muy distinto. Lo cual crea confusión y desconfianza entre los compradores. Allí van a parar todos los “pecados” editoriales. Los libros cuya publicación no se planificó adecuadamente; los excesivos entusiasmos de editores en la pubertad alborotada del oficio, que creyeron que el mercado era de cincuenta, cuando la verdad era de diez.

Esta ansiedad de pecadores arrepentidos hace que todo se convierta en rebajas. Hay que salir de los libros a como dé lugar. Y entonces hasta el presidente de la Cámara del Libro sale, cual pregonero, a anunciar que todas las editoriales tendrán grandes rebajas. “A precio de quema”, como se dice. Si de lo que se trata es de hacer una feria de saldos y rebajas, háganla en un outlet, como sucede con los fabricantes de otros productos como ropa y zapatos.

Lo que se logra con esto es que se reafirme en el consumidor la idea que ha tenido equivocadamente sobre los libros: que estos son caros y que, cuando  quieren, las editoriales pueden rebajarlos. ¿Qué seriedad comercial puede haber si no existen reglas claras sobre el manejo de precios y de condiciones para con los clientes? Empezando por los principales clientes de las editoriales y distribuidoras que son las librerías, canal tradicional para  la difusión de todos los libros. ¿Qué le puede decir el librero, a su vez, al cliente que lo visita y le cuenta que ese mismo libro que él le está ofreciendo, en la feria vale un 40% menos, cuando algunos libreros  muchas veces no han recibido ni siquiera ese descuento por parte del editor, quien es el que maneja los precios?

La Feria se convierte entonces en una feroz  competencia que se lleva de paso y afecta gravemente la vida comercial de las librerías. Y crea en el público la imagen de un producto que en verdad no vale nada, pero por el cual se cobra mucho. Y que basta con regatear para obtenerlo por lo que uno quiera pagar. Perverso círculo infernal: las editoriales anhelan vender más libros y que haya más librerías donde poder mostrar su mercancía, pero al mismo  tiempo deterioran el producto y juegan a ser editoriales y librerías y a rebajar sin medida ni prudencia los precios.  Me pregunto con inquietud: ¿si los libros se pueden vender baratos, entonces por qué no ponerles un precio barato desde el principio Y si no es así, ¿entonces a qué estamos jugando? ¿No importa entonces perder? ¿O es que existe una secreta inclinación al suicidio económico por parte del gremio? Yo sé que algunos de mis queridos amigos editores están en desacuerdo con estas políticas comerciales y con la manera como se maneja la Feria, pero tristemente siguen el camino fatal de la inercia y nada pasa.

Y lo más importante, lo vital, lo que es fundamental para la supervivencia del libro y del gremio, que es la creación de lectores y la protección y estímulo de los que ya lo son, se deja a  un lado. Creo que estamos en mora de un gran debate sobre cuál va a ser el rumbo del comercio del libro y cuándo es que, por fin, vamos a establecer reglas claras sobre el mismo.

 Felipe Ossa Domínguez, Bogotá

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