Santiago Bernal: cantante bogotano que fusiona diferentes géneros musicales con aires flamencos

hace 1 hora
Por: Arturo Guerrero

Lo malo, lo mejor y lo bueno

Lo mejor es enemigo de lo bueno porque para llegar a lo mejor hay que atravesar por varios buenos. Si lo mejor se convierte en única meta deseable, sobre el camino curvo quedan despreciados paisajes que uno tras otro son la vida.

Para lo mejor no hay sino un solo tiempo, el de la coronación. En cambio, para lo bueno existen múltiples coyunturas, cada una con una estación adecuada. Y la atención a la minucia de estas etapas enriquece la marcha de quien avanza.

Es obvio que la guerra colombiana tiene semillas en siglos de injusticias. También que el torrente de tanta sangre vaciada fue abierto desde tiempos oxidados, por gentes sin reverencia hacia la vida. En suma, es evidente que esta guerra en que todos nacimos no tiene sesenta años ni fue inventada por recientes asesinos. Pero también es claro que semejante estrago de siglos y múltiples culpables no se deja arreglar en mesa de conversaciones entre el gobierno vigente y uno de los grupos que con armas quiso apoderarse del poder para cambiar el universo.

Este acierto sería lo mejor, pero no lo bueno. Por eso se ha criticado la exigencia de las Farc sobre sus nutridas reivindicaciones, enrostrándoles la burla de querer hacer la revolución por decreto. Como no la lograron con explosiones, ahora quisieran firmarla en acuerdos negociados.

¿Qué sería entonces lo bueno para este momento de la historia? Un logro puntual, la erradicación de un foco infeccioso del que derivan múltiples llagas centenarias. Este foco es la insana costumbre de mezclar política y armas. He aquí la misión exacta para la presente estación del camino colombiano hacia un país vivible.

En la corriente cerebral inconsciente de los ciudadanos navegan imágenes asquerosas. Vaya usted a Guaduas, a dos horas de Bogotá, y le mostrarán el sitio donde clavaron la cabeza cercenada de José Antonio Galán en 1782, luego de suplicio múltiple por arcabuz, horca y hoguera. En Socorro, San Gil, Charalá y Mogotes, también hallará vestigios didácticos de sus pies y manos.

Doscientos treintaitrés años nos separan de estas crucifixiones originales. ¿Será necesario sumar aquí más cráneos amontonados, lenguas desgonzadas, estómagos tajados, piernas amputadas? Pues bien, el bramido del presente apremia la cauterización de estas venas por donde se nos han fugado confianza y esperanza.

Callar las armas es lo bueno que nos puede pasar hoy. Se sabe que esto no es la paz ni la igualdad ni la justicia ni el progreso. Pero es el requisito mínimo sin el cual es imposible aspirar a tanta dicha. Dejar de matarnos, lamentar el tajo drástico de apagar para siempre a un semejante, calibrar que ninguna causa es justa para eliminar una inteligencia.

Esta demanda, por supuesto, vale para todos los bandos. Si la guerrilla entrega sus fusiles, que el Estado desarme a sus paramilitares. Si los soldados suspenden desapariciones y falsos positivos, que los insurgentes desamarren a los secuestrados y cancelen sus explosiones petroleras. No es lo óptimo, pero es lo bueno.

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2015-06-12T08:58:10-05:00

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Lo malo, lo mejor y lo bueno

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