Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Lo mínimo

Hablemos de lo mínimo para comprender lo máximo. Recuperemos lo mínimo, porque fue lo mínimo lo que nos hizo ser quienes fuimos, quienes somos. Fue una imagen, la frase de un libro, la melodía de una canción, el titular de un periódico, el color de una película, los dibujos de un libro de cuentos, la voz rasgada de algún cantante lo que nos impactó y nos llevó a buscar y a encontrar, a descubrir de dónde surgía aquello, qué era. Luego quisimos saber más, y mientras más sabíamos, más queríamos saber y más nos introducíamos en ese camino. Todos los destinos, todos los rumbos, las decisiones, comenzaron con un primer paso.

Por eso quiero hablar de lo mínimo. Recordar esas dos o tres imágenes de mi infancia que la encerraron y definieron. El primer día en la escuela, por ejemplo, y los pantalones cortos de entonces, la madrugada, la puerta cerrada, el miedo a lo desconocido, la lejanía del calor, del hogar, de lo querido, y los nuevos habitantes de ese enigmático mundo, tan miedosos como yo, tan huraños por ese mismo miedo. Y el primer viaje, el primer despertar en otro lugar, el primer juguete de Navidad. Quiero hablar de lo pequeño, de aquellas pequeñas cosas de las que cantaba Serrat que me fueron marcando un camino por recorrer. De lo mínimo, lo tantas veces ignorado, lo desechado.

Lo mínimo fue una canción de los Beatles, que me hizo buscar otras canciones y mil más, y fue una foto de algunos hippies con su pelo largo, que me llevó a querer copiarlos. Lo mínimo fue la imagen de un hombre atormentado en una novela rusa, y en alguna película francesa, fueron los silencios que tanto decían, aquellos silencios profundos que me hicieron aprender a buscar silencios. Lo mínimo, luego, fue una frase, Todo es humano, demasiado humano, de un filósofo al que sólo le entendí esa frase, o quise entenderla a mi manera, y lo mínimo fue la primera plana de un periódico que mostraba al Che con su boina negra y una estrella.

Lo mínimo fue una mujer que me miró mínimamente en un café, y lo mínimo fue haber estado en ese café, haberme quedado, para que al salir ella me dijera que los poemas, las novelas y los ensayos también comienzan con una primera palabra.

 

 

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