Por: Piedad Bonnett

Lo que arroja la guerra

En el espejo retrovisor de la camioneta de servicio público que va manejando veo los ojos verdes, felinos. Es un hombre enorme, de cabeza rapada, vestido de corbata, que habla a borbotones, sin filtro. Por su aspecto, parece un guardaespaldas de esos que muestran en las películas de gangsters. Me cuenta de maltratos en la infancia –su madre lo amarraba con cadenas, su padre le daba tablazos y él aprendió a respirar hondo para no llorar–. Asegura que hizo parte del bloque de búsqueda de Pablo Escobar, pero que primero fue hombre de confianza de un capo de uno de los grandes carteles y de la suegra de un político hoy enjuiciado por paramilitarismo, según él enlace de un reconocido mafioso mexicano. Da nombres. De ellos y de militares supuestamente pagados por su jefe. También nombra algún general que no se dejó intimidar y que fue nombrado en una embajada, para que no armara líos. Confiesa su odio por las Farc y su rechazo al proceso de paz y a Juan Manuel Santos. Cada dos frases nombra a Dios y a la Virgen, dice que esta le ha otorgado dones y le ha hecho milagros. Habla como un iluminado. Termina el viaje y yo empiezo a digerir todo aquello, preguntándome si es un mitómano. Y me digo que no necesariamente: un país donde todas las violencias se cruzan produce personajes como estos, que parecieran moverse en una frontera delirante.

Son producto de la guerra. Como los exguerrilleros que se reincorporan a la vida civil, muchos de ellos con infancias desdichadas, muertes a cuestas, ruptura con sus familias, o como las innumerables víctimas que vieron desaparecer a sus seres queridos, que fueron secuestradas, violadas, amenazadas y desposeídas por sus victimarios, y que hoy se hacinan en barrios marginales y luchan por que haya justicia y reparación. Pero que, sobre todo, luchan con su dolor, sus miedos, las imágenes aterradoras que las persiguen. Como también los soldados y exsoldados de los que habla Santiago Wills en artículo en este diario, perseguidos por las pesadillas, la paranoia, la depresión, la frustración por su invalidez o por la falta de trabajo. Y que ni siquiera, como advierte el periodista, han sido diagnosticados con estrés postraumático, porque en el Ejército y la Armada “no parece existir mayor educación sobre temas de salud mental”. O que no tienen acceso a un tratamiento porque en esas fuerzas hay un profesional de la salud por cada 1.400 hombres.

Inadaptación y violencia intrafamiliar son secuelas de la guerra. “Un porcentaje muy alto termina separándose de sus parejas cuando son dados de baja”, dice un conocedor de esta problemática. “Estaría asombrado si entre un 25 % y un 30 % de los combatientes en Colombia no tienen algún tipo de problema mental”, le dijo a Wills el doctor Marmar, siquiatra neoyorquino. Con este panorama tendremos que lidiar en un país donde una cita de psiquiatría es dificilísima de conseguir en las EPS, donde las consultas duran escasos 45 minutos, donde la medicación es la opción que se privilegia, y donde hasta los médicos de otras especialidades desconocen casi todo sobre las enfermedades mentales. Está claro: si no se invierte en salud mental seguiremos siendo lo que hoy somos: un país enfermo.

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