Por: Arturo Guerrero

Lo que Bolivia evoca

Una artista y sicóloga boliviana y una antropóloga argentina, ambas feministas, plantean que lo sucedido en Bolivia con Evo y el Macho Camacho es una pugna entre dos golpes de estado y dos fascismos. Una en una revista virtual, otra en una entrevista radial, llaman a dejar de lado “los binarismos de los hechos”. Y abren un original camino de análisis sobre la efervescencia actual del continente. Colombia no es la excepción.

María Galindo cultora del performance, que luce la parafernalia punk de mechones, anillos y uñas largas a sus 55 años, acusa a Evo de caudillismo por haber desmantelado y dividido las organizaciones populares. Las convirtió en “dirigencias corruptas y clientelares” y se erigió como “figura única del mito del ´presidente indígena´, rodeado de un círculo de intelectuales y dirigentes que lo necesitan como careta”.

La académica Rita Segato quien vive en Brasil, trae a cuento “la quiebra de credibilidad y gobernabilidad” de Evo, motivada entre otras cosas por su carácter autocrático y el endiosamiento de su figura. “Evo cayó por su propio peso… Es un sindicalista y no un aymara”.

Lo más interesante de esta visión es el otro lado de la mesa. Según Segato, Evo “hizo que fuera muy fácil que aparecieran las fuerzas que siempre conspiran y acechan”. Por eso asevera que, a consecuencia de los errores y excesos del gobernante, sí hubo golpe de estado, pero de una nueva modalidad.

Galindo precisa el cuadro refiriéndose a Camacho, el empresario cristiano de Santa Cruz, la ciudad blanca y rica de ese país: “El proyecto cruceño trae a otro caudillo antagónico pero complementario”. “La fascistización del proceso –añade- silenció a la sociedad civil y concentró la decisión en las cúpulas. Exacerbó todos los miedos”.

Este vaivén entre extremos es calificado por la también escritora Galindo como una “privatización de la política”. Así la explica: “si no eres del partido no tienes ningún derecho; si eres, tampoco porque las decisiones son de una cúpula cerrada. Este vacío fue utilizado para instaurar un contramodelo caudillista”.

Hasta aquí la tragedia boliviana, pincelada por las dos analistas, que haría delirar de fervor al mismísimo Shakespeare por sus componentes reveladores de la complejidad humana. El dramaturgo inglés podría trasladar la acción a tierras colombianas y titular su obra con una sola palabra de uso repetido en nuestros tiempos: polarización.

En efecto, nuestro juego político tradicional se ha decantado en un ping pong entre ´guatemala y guatepeor´. En un extremo la oligarquía pérfida de toda la vida, en el otro la oposición testaruda con aliento de despotismo. Este binarismo se sostiene merced al miedo que los dos términos se tienen entre sí y que ambos infunden entre las mayorías, como único modo de perpetuar su privatización de la política.

En la mitad, apenas sacando la cabeza desde las recientes elecciones regionales, una gran nación de gentes estragadas intenta pegar su grito vagabundo para liberarse al tiempo de los dos fascismos.

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