Por: Laura Juliana Muñoz

Lo que cuentan los “invisibles”

Se preguntó qué es lo que hace que nos enredemos en la violencia y si acaso alguien no había propuesto otro camino “para hacerle gambetas a la guerra”. Creyó que “la educación es un camino cierto para lograr una Colombia menos desigual”. Investigó, viajó entre cielo y ríos, anduvo en botas de caucho y en mulas viejas, se adentró en montañas reverdecidas y, sobre todo, conversó. Conversó con los adultos y niños que desde un territorio ignorado por las grandes ciudades están remendando una Colombia herida, que creen que “todos los niños, pobres y ricos, de campo y de ciudades, tienen derecho a iguales oportunidades para realizar sus sueños; derecho a una educación de calidad que desbarate los odios que nos han llevado a matarnos”.

Pilar Lozano, escritora y periodista investigativa, cuenta esta experiencia en Historias de un país invisible (Ediciones SM), un libro ilustrado por el argentino Daniel Rabanal con un trazo que mantiene el realismo casi documental de las plazas principales, un domingo de paseo en el río o el mapeo de cuatro lugares en donde antes los menores se incorporaban a los grupos violentos, las minas antipersonales reposaban en campos de fútbol y los civiles sufrían y morían todos los días.

El recorrido empieza en Toribío (Cauca). La guerra tenía forma de lobo y el lobo acompañaba a los niños a la escuela. Pero “de ese pasado habla bajito” cualquiera de sus testigos. Ahora, en la escuela El Sesteadero, esta comunidad, en su mayoría de raíces indígenas, volvió a nacer como nasa y a su principio Wet wet Fxinzenxi, que siginifica “lo que se haga debe llevar al buen vivir”. La naturaleza se hace aula, se mezcla ciencia y saber popular.

En Granada (Antioquia), se empezó a practicar el golombiao para rehacer la vida. En este deporte los equipos combinan niños y niñas y se escoge una idea de paz para tener en mente durante el partido. No hay árbitro. Nadie necesita ser castigado para que funcione. Se piensan como ganadores: “La paz no es sólo dejar de matarnos, es aprender a compartir un espacio de una manera distinta. Y el espacio puede ser una cancha de fútbol, un salón de clases, un país”.

Belén de los Andaquíes (Caquetá). Junto al río Pescado pasa la Radiocicleta recuperando las historias de abuelos, líderes, costureros y reinas, porque “si no se involucra a la sociedad, lo que se hace no deja huella”. Estos relatos son producidos en la escuela audiovisual (www.youtube.com/eaudib) para que sean vistos y escuchados más allá de las fronteras.

El último viaje de Pilar Lozano es en Istmina (Chocó), con los libros como protagonistas, ya que “los niños leen y se olvidan de las cosas atroces que han visto”. La paz, como le dijo uno de los niños a la escritora, “es como una brisa que acaricia la cara” y es en ese país invisible donde quizá se necesita fijar más la mirada para que la brisa sea duradera.

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