Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Lo que el ojo no ve

Hace ya varios meses me fue dado convivir con una serie de cuadros del maestro Guillermo Londoño. Las obras colmaban el espacio de toda una sala de exposiciones el año pasado en la Feria Internacional de Arte y Cultura de Bogotá (Barcú). Pasé allí días hermosos y memorables, contemplando una y otra vez los cuadros sin par de su más reciente serie titulada Lo que el ojo no ve. Y desde entonces había querido escribir estas líneas, con el ánimo sincero de dar fe de esas obras asombrosas y memorables.

Un vago pudor me había refrenado de la redacción de este texto, y la certeza de que, diga lo que diga, nunca podría dar cuenta veraz de esta serie sorprendente de lienzos. En contravía del camino recorrido por muchos artistas, que pasan del arte figurativo al abstracto, Guillermo Londoño, tras un caminar honesto y decidido por los dominios de la abstracción, vino a crear esta serie de paisajes inenarrables y desaforados que, elocuentes, se encuentran a mitad de camino entre lo figurativo y lo abstracto.

Las obras tienen la misma melancólica y evocadora distancia de los cuadros de Caspar David Friedrich y están influenciadas por la paleta (y hasta por el trazo) de ese Turner cuyas mareas lo sumían todo en el océano sin fin de lo inefable y de la desesperanza, aunque sin llegar nunca a los arrebatos efusivos, alucinatorios y casi místicos de ese último Monet obsesionado por pintar un puente y unos nenúfares que se fundían con el paisaje; que eran paisaje. Y si la serie no está influenciada por la obra de John Atkinson Grimshaw, tiene sus mismos colores, sus mismos silencios, sus mismos desconsuelos y sus mismas nostalgias, y si los cuadros no están inspirados en los del paisajista ruso Iván Konstantínovich Aivazovsky, señalan de inmediato sorprendentes y afortunadas afinidades electivas.

Maestro que es de los matices y del color, una paleta generosa y abigarrada puebla la serie; explanadas inmensas, infinitas, cráteres sin fondo, montañas rocosas que se superponen con el horizonte llenan las telas; paisajes inverosímiles, pero probables, recuerdan las fotografías de Sebastião Salgado; líneas de fuga en donde el mar se junta con el cielo cruzan, equilibradas, la armonía desolada de los cuadros; paisajes apocalípticos o antediluvianos en los que impera el silencio completan el contenido mayestático e imponente de este ciclo colorido y apasionante.

El silencio lo nimba todo, se respira soledad y nostalgia; azules conmovedores le dan paso a añiles insospechados, y aguamarinas distantes y recatados orlan esos paisajes recogidos y pletóricos de misterio. Una nave, solitaria y perdida, surca el espacio sideral; una virgen corona una colina empinada y rocosa; un cometa o una estrella fugaz atraviesan la lontananza; vestigios únicos de lo que otrora fue mundo, restos de lo que llamábamos vida... He aquí una mirada contemporánea del paisaje en la pintura, como en las obras de Peter Doig; dijéranse estos cuadros del maestro Guillermo Londoño paisajes del mañana, registros realistas de lo que vendrá, retratos fidedignos e imperecederos de lo que va a quedar cuando ya no quede nada.

@Los_atalayas, [email protected]

 

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