Por: Armando Montenegro

Lo que el viento se llevó

Las promesas del floreciente mercado de acciones en Colombia, alimentadas durante varios años por el crecimiento sostenido del volumen de transacciones, el alza de sus principales índices de precios, las emisiones de empresas que llegaban por primera vez a la Bolsa, la vinculación de cientos de miles de colombianos a la compra de acciones, la entrada de inversionistas institucionales del exterior, hoy parecen cosa del pasado lejano.

Los datos son preocupantes. Los precios de las acciones vienen bajando en forma sostenida desde hace varios años (sólo en 2015 se han reducido en más del 10%). Los volúmenes diarios de la actividad bursátil también han caído en forma estrepitosa. Varias empresas han retirado sus acciones del mercado público y se sabe que otras lo harán en un futuro cercano. Y, no menos grave, desde hace tiempo ninguna entidad cerrada ha tomado la decisión de vincular sus acciones a la Bolsa de valores. 
 
El mal comportamiento del mercado de acciones afecta a toda la economía. Como las acciones son un importante instrumento de ahorro e inversión, su mal desempeño castiga el patrimonio de miles de personas y, por esta vía, afecta negativamente sus decisiones económicas. Y con el cierre de las posibilidades de nuevas emisiones de acciones, un vehículo efectivo para la capitalización de muchas empresas, se cortan o posponen numerosas inversiones y la creación de nuevos puestos de trabajo.  
 
La primera explicación de la contracción del mercado accionario está asociada con la mala racha del precio del petróleo. Las acciones que hasta hace algún tiempo fueron las estrellas de la Bolsa colombiana, Ecopetrol y Pacific Rubiales, se descolgaron con la reducción de sus utilidades y el deterioro de sus  perspectivas de mediano plazo (algo parecido ocurrió con las acciones de la mayoría de las empresas petroleras en otras partes del mundo). 
 
A pesar de sus buenos resultados y sus halagüeñas perspectivas, la destorcida también ha afectado las acciones de las principales empresas no petroleras del país. Los analistas atribuyen este fenómeno al deterioro de las proyecciones macroeconómicas, un fenómeno derivado, en buena parte, del desplome de los precios petroleros, que se refleja en la certidumbre de un menor crecimiento de los negocios, la preferencia por activos en dólares y una cierta actitud de cautela pesimista por parte de los inversionistas (se sabe, eso sí, que en algún momento, quienes toman las decisiones entenderán que, a precios como los actuales, la compra de acciones de buenas empresas colombianas es una inversión altamente rentable).
 
En lugar de esperar pasiva y resignadamente a que cambien las cosas y alguna vez mejoren las circunstancias externas, es urgente revisar numerosos temas regulatorios que, en mayor o menor medida, constriñen el desarrollo del mercado accionario y cuya reforma pudiera compensar, al menos parcialmente, los impactos macroeconómicos que inciden negativamente sobre el desempeño de las acciones. Existen, por fortuna, numerosas propuestas que, una vez adoptadas, podrían mejorar la situación actual. Las autoridades podrían contribuir, de esta forma, a reanimar un mercado que hoy está seriamente debilitado, el mismo que tuvo un auge notable en la década pasada y se constituyó en uno de los emblemas de la recuperación de la economía colombiana. 
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