Lo que no puedo decir

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Le debo la idea de este artículo a un ensayo de Paul Graham escrito hace más de 15 años: “What You Can’t Say” (“Lo que no puede decirse”). Hasta que lo leí yo tenía la ingenua creencia de que mi libertad de expresión (y la de prensa, que disfruto a mis anchas en este periódico) me permitía decir todo lo que pensaba, lo que se me pasara por la mente, todas mis opiniones y, mejor dicho, lo que me diera la gana. Y no es así. ¿Por qué?

Graham propone varios retos mentales para entender que muchas veces, aunque pensemos que algo es verdad y estemos bastante seguros de esto, de todas maneras no nos atrevemos a decirlo porque esto acarrearía una censura furiosa de parte de la opinión establecida, es decir, de la “moda moral” de nuestra época. Así como no notamos a quienes se visten a la moda, y seguimos cada año o cada lustro esas modas casi sin darnos cuenta —con el criterio adaptativo de no parecer raros o ridículos—, así mismo existen “modas morales” que seguimos y que difícilmente nos atrevemos a quebrantar. Estas modas morales, además, tienden a resultarnos invisibles, no las notamos, así como los peces no notan el agua y nosotros no notamos el aire hasta que no hacemos consciente el acto automático de respirar.

Que nuestros criterios morales de hoy sean más una moda que una posición objetivamente superior y mejor, Graham lo demuestra pidiéndonos que estudiemos la historia o que investiguemos (vayamos a ver) lo que en el pasado se consideraba “moral” o lo que otras culturas de hoy creen que es lo adecuado. Si en cualquier época del pasado, en la Antigüedad clásica de Grecia o Roma, o en la Edad Media, o en China, hay costumbres morales que hoy nos resultan repugnantes e inadmisibles, es más que probable que muchas de nuestras modas morales de hoy en día resulten ridículas o repugnantes en el futuro. En distintas culturas de hoy, por ejemplo, está bien visto que las niñas se casen a los 13 años, o incluso antes, siempre y cuando les haya venido la menstruación. Y esto ocurre, por ejemplo, entre los venerables mamos de la Sierra Nevada, y los igualmente venerables cardenales del Estado Vaticano. En una y otra cultura es legal y admisible lo que para nosotros es casi un sinsentido desde el mismo nombre que le damos: matrimonio infantil.

Yo, que quisiera verme a mí mismo como un “librepensador”, admito que dentro de mi cráneo pienso lo que me dé la gana, e intento traspasar los límites de lo que mi cultura considera como moralmente permisible. Pero de cráneo o de dientes para afuera, cuando toco ciertos temas, sé que tengo que moverme —más ahora que nunca— con pies de plomo. Hay pensamientos que solo confío a mí mismo o a unos pocos amigos que no convierten cualquier reto mental en un escándalo moral.

Este fenómeno de la autocensura, del cual no es fácil hacernos conscientes, impera sobre todo en algunos temas que —últimamente— ponen a la gente sumamente nerviosa. Así como en el cuerpo hay zonas más sensibles al dolor o a las cosquillas, así mismo hay zonas de la discusión moral en las cuales la gente (y sus voceros en las redes sociales) es hipersensible. ¿Cuáles? Basta ver por cuáles opiniones se suele proceder al linchamiento moral y a la aplicación de etiquetas denigrantes para saberlo. Si un grupo se considera al mismo tiempo poderoso y frágil, o, como dice Graham, “grupos lo suficientemente poderosos como para generar tabús, y suficientemente débiles como para necesitarlos”, ahí están los temas que nos hacen temblar la mano y la voz.

Si yo digo, como creo que es cierto, que las mujeres tienen el área cerebral del lenguaje más desarrollada que los hombres, como los machos son un grupo muy fuerte que no genera ahora —o todavía— tabús para defenderse, este pensamiento lo puedo expresar sin temor. Pero piensen quienes me leen, en este mismo momento, si no se les ocurre alguna idea que mejor no dirán en voz alta para no ser tildados de sexistas o de pervertidos o alguna cosa así.

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