Lo que no tiene nombre

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“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirían esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le sucede a cualquier otro”. Es una frase de Paul Auster, citada al inicio del libro Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett.

¿Qué es lo que no tiene nombre?

Para Piedad, no tiene nombre eso con lo que se describe el padecimiento y el horror que significa la muerte de un hijo, cualesquiera que sean las circunstancias.

No hay palabra posible para quien sufre ese duelo.

No hay nada para describir lo ido.

Tampoco tiene nombre el sufrimiento por los hijos enfermos, por los niños y niñas reclutados forzosamente para la guerra, ni por aquellos abusados de tantas formas por familiares, amigos o actores del conflicto. No tiene nombre ese número, que es tan solo una estadística olvidada, de los niños y niñas que han quedado huérfanos por la violencia, ni de los menores de edad que toman la decisión de quitarse la vida.

Algunas cifras: la Fiscalía confirmó el martes que tiene 49 casos de abusos contra menores indígenas, de los cuales nueve están en investigación y 40 en etapa de juicio. Esto incluye la violación, reconocida por siete soldados del Ejército, que sufrió una menor de edad de la comunidad embera chamí, en Risaralda, y de otra niña indígena de una vereda de San José del Guaviare, que denunció en agosto del año pasado haber sido secuestrada y abusada por dos soldados. Según el Instituto de Medicina Legal, entre enero y mayo de 2020, han practicado 7.544 exámenes por presunto delito sexual. 6.479 fueron realizados a menores de edad.

Sobre otra desgracia que soportan los infantes en Colombia, un informe especial de la revista Semana, publicado el 28 de junio de este año, titulado “Los niños vuelven a la guerra”, encontró que “el reclutamiento de los menores de 18 años se dispara, muy asociado al abuso sexual, y toma aún más fuerza con la pandemia. Este año, 219 niños han sido rescatados de las filas de grupos criminales”. Los responsables: disidencias de las Farc, el Eln, el Clan del Golfo o los Caparrapos.

La Alianza por la Niñez Colombiana reportó que, entre enero y abril de este año, 79 niños, niñas y adolescentes se han suicidado en Colombia: “En promedio, cada 30 horas un niño, niña o adolescente comete suicidio y cada día 23 más intentan suicidarse. Entre 2016-2019, más de 34.000 niños tuvieron un intento de suicidio”.

También hay cifras sobre los niños y niñas que mueren por hambre y que sufren de enfermedades crónicas asociadas a la desnutrición; las de los menores que no son atendidos por el sistema de salud; datos sobre los que no pueden ir a las escuelas porque la violencia de sus regiones no lo permite, y no sabemos cuántos son los niños y niñas que lloran todos los días porque ven los abusos contra sus padres.

Lo que sí tiene nombre es la indolencia. Lo que sí tiene nombre es matar en nombre de la paz o de Dios. Lo que sí tiene nombre es el ser cretino que justifica un abuso o un asesinato porque otros, generalmente sus enemigos, también lo hacen. Lo que sí tiene nombre es la ausencia de humanidad, la protección del poderoso y la complicidad con un sistema corrupto.

Esta columna tiene que ver, como dijo el premio nobel de Literatura, Peter Handke, con los “segundos de espanto para los que no hay lenguaje”, y con la arrogancia que les hace creer a muchos que las tragedias están escritas para otros. Y, también, desde otra orilla, con lo que sí tiene nombre y que deberíamos mencionar sin desfallecer.

@ClaMoralesM

* Periodista.

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