Lo que nos deja la pandemia

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Se cumplen seis meses de una pandemia que se ha convertido en una especie de pequeño apocalipsis impensado, la cual nos deja 26 millones de contagios y 869.000 muertes en todo el mundo, y en Colombia cerca de 20.500 personas que perdieron la vida como consecuencia de este virus que hizo ver la fragilidad de la vida humana y la precariedad de los sistemas sociales y políticos para enfrentar crisis de efectos globales.

Siempre se dijo que los confinamientos no paraban el virus, sino que reducían su velocidad de propagación y permitían una mejor preparación de los sistemas de salud para atender los casos más críticos, pero el costo de esta medida sobre la actividad productiva y la calidad de vida de los sectores más pobres de la sociedad —que también han sufrido con mayor rigor los efectos del COVID-19— ha sido verdaderamente catastrófico, reflejado en desaceleración de la economía, quiebra de empresas, pérdida de empleos, deterioro de la calidad en la educación, otras afectaciones de salud que se han agravado como consecuencia del confinamiento y efectos colaterales tales como la normalización de derivas autoritarias para controlar las medidas adoptadas.

Cada país tendrá que hacer su balance sobre cómo se gestionó la crisis, y ahí están las cifras y los datos para comparar el desempeño de gobiernos y comportamientos de las sociedades.

En Colombia nos deja un sistema de salud que, al menos en la atención del COVID-19- ha mejorado, si bien no en la misma proporción entre grandes ciudades, ciudades intermedias y pequeños municipios. Hacia el futuro, es necesario revisar el sistema en su conjunto, el rol de intermediación de las EPS, mejores condiciones de vinculación laboral para los profesionales de la salud y una mayor dignificación del sector salud en la sociedad y en la asignación presupuestal de los gobiernos. El derecho fundamental a la salud debe pasar de la retórica constitucional a las políticas públicas.

Nos deja un sistema de protección social maltrecho e insuficiente para atender con dignidad a los hogares más pobres —que son los que han sufrido con mayor rigor los efectos de la crisis sanitaria―, más allá de la mera subsistencia. En esa medida, la creación de una renta básica a nivel constitucional para estos sectores es un desafío apremiante que es necesario abordar cuanto antes, pero no basta con ello; se necesita un plan de choque de superación de la pobreza, más allá de trasferencias monetarias, para lo cual se precisa de una suerte de revisión del contrato social que subyace a la Constitución de 1991, que se debate entre la libertad de mercado y el asistencialismo. La pandemia ha creado una ventana de oportunidad para replantear el rol del Estado en la economía, y esto se debe hacer en el marco de un amplio diálogo nacional que trascienda la acotada conversación que planteó el gobierno de Duque en respuesta a las protestas sociales del año pasado.

Algunas de las medidas adoptadas por el Gobierno en el marco de la pandemia están generando las condiciones para que la protesta regrese con más fuerza y contundencia.

También nos deja un Gobierno que no ha logrado consolidar una estrategia nacional de atención de la pandemia y muchos menos una de recuperación de los efectos. Esa falta de liderazgo —en cabeza del presidente de la República— se inscribe en un deterioro de la seguridad en muchas regiones —el regreso de las masacres es ya una verdadera tragedia— y la tozudez de un sector político en desarrollar una agenda que no contribuye con la reconciliación nacional, en la cual la defensa de su líder visible ha terminado afectando las instituciones.

Nos deja un Gobierno que se ha movido para concentrar poder estatal en los organismos de control y de investigación, afectando el equilibrio institucional, y que ha logrado un pacto con partidos políticos tradicionales para institucionalizar una visión autoritaria del poder, que la pandemia ha facilitado.

Nos deja un escenario político incierto, con una derecha envalentonada, una izquierda sin norte y atrapada en rencillas personales, y una sensación generalizada de que la sobrevivencia no solo consiste en superar el pico de la pandemia.

@cuervoji

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