Lo que puede la alegría

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En calles cercanas al parque bogotano de los Hippies, donde vive la alcaldesa, manos urgentes rasguñaron grafitis. Dos de ellos son hechiceros. Como si clamaran al oído de la mandataria capitalina. Las paredes hablan cuando las multitudes carecen de programa diario en televisión, como lo tiene el presidente.

Dicen: “Mucha policía, poca diversión” y “Cierren las iglesias, abran los bares”. Sabiduría popular, la voz del pueblo es la voz de dios. O, con menos solemnidad, “las paredes y sus propiedades grafiticantes”, según retruécano de Luis Keshava Liévano, experto en estas verdades económicas y peligrosas, compuestas de humor, ironía y poesía.

De manera que la vía pública dicta: menos bolillos y sermones, y más alegría y ebriedad.

Está visto que el pueblo no le teme tanto al virus rojo, como a la multa millonaria al ser pillado por los gendarmes verdes. Está visto que los gritos con mercancías al aire de los edificios en cuarentena esquivan a trompicones el hambre nocturna de cinco muchachitos en el suburbio, pues ningún dios oyó los rezos.

Está visto que las rumbas quinceañeras, allanadas por delito de “indisciplina social”, son mera estampida de energías estancadas entre jóvenes golosos de vida en expansión. Está visto que los tabernáculos nocturnos, donde los bailarines se chispean con aguardientes, son la amistad desplegada en liturgias de baldosa.

Así rimaron las décimas de Violeta Parra en Volver a los 17 cuando glorificó el amor, que es la fase superior de la alegría: “Lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento. / Todo lo cambia el momento / cual mago condescendiente / nos aleja dulcemente de rencores y violencia / solo el amor con su ciencia / nos vuelve tan inocentes”.

En la visión de la poeta chilena, la mayor potencia humana está en el sentimiento. Este supera a la razón y a la buena conducta, derrota el odio y la violencia. Su magia es factor de la inocencia. Ese sentimiento, que es amor y alegría, tiene también una ciencia que trabaja con dulzura.

Los grafitis que piden más diversión y bares abiertos son inspirados por la clarividencia secreta de la producción de endorfinas. Estas sustancias químicas son liberadas por el cerebro cuando la gente sale con amigos, escucha música, se ríe, hace deporte o yoga, juega al aire libre.

Son nuestro opio o morfina portátiles. Alivian el dolor emocional, generan euforia, bienestar, relajación, hacen trepar la autoestima. De ahí que a las endorfinas se les conozca como hormonas de la felicidad. ¡Lo que puede el sentimiento! Son ciencia y alegría, magia e inocencia. ¡Lo que puede la alegría!

Convidar a la alegría en tiempos del cólera no equivale a desconocer el daño del coronavirus. No es llamar, desde el parque de los Hippies, al bochinche y la bacanal. Es sencillamente valerse de la química del cerebro y de la potencia dulce del sentimiento. Aunque nadie sea tan estúpido de bailar con el enemigo, en la práctica de la alegría conviene guardar distancias y precauciones.

arturoguerreror@gmail.com

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