Por: Álvaro Camacho Guizado

Lo que se viene en las elecciones de octubre

El Espectador ha informado acerca del ruido suscitado por el informe de la Corporación Arco Iris sobre los múltiples intentos de penetración de personajes de dudosa calidad en los aparatos locales del Estado.

Han llovido muchas críticas, rasgaduras de vestiduras, revocaciones de avales, en fin, el panorama político se ha agitado sobremanera, no sólo con el informe de la Corporación, sino con los de otras entidades.

Una crítica sobresaliente al informe de Arco Iris proviene del procurador, quien argumenta que se está sustituyendo a la Procuraduría en su tarea de determinar la calidad moral y política de los aspirantes. Aparte de la maniobra jurídica, propia de tinterillos, es notable que el funcionario reaccione con una actitud acerba y no haya procedido a hacer la investigación que realizó la Corporación.

Pero el argumento jurídico no es lo más importante. Más lo es que no se haya hecho claridad sobre el fenómeno que viene determinando la naturaleza del proyecto político imperante en el país. Se trata de la creciente importancia que ha adquirido el control de los aparatos regionales y locales del Estado. A raíz de los cambios en la economía nacional, de la creciente masa de dineros que se acumulan regional y localmente, las presas se vuelven más apetitosas que antes.

De hecho, controlar la minería ilegal, la tierra, las regalías, las rentas, el narcotráfico, el chance, las extorsiones y otras formas de acceder a fortunas ha contribuido a la conformación de órdenes sociales y políticos regionales y locales montados sobre la ilegalidad, la trampa y la violencia, y que retan de manera directa a la democracia que, supuestamente, impulsa el Estado central.

Los ingresos que producen estas formas corruptas de mandar en lo local son inmensas, y las posibilidades de controlarlas y redistribuirlas entre la población local son tentaciones demasiado fuertes. De allí que la conquista de posiciones de poder se convierta en elemento de la economía política nacional.

En efecto, parece un hecho cierto que ya el país no está presenciando las luchas tradicionales de poder en las que se impulsaban los intereses de los partidos políticos tradicionales. Ya no estamos necesariamente frente a los gamonales y caciquillos locales que seguían las órdenes de sus jefes partidistas.

Ahora se movilizan para conquistar poder económico nuevos personajes que no forman parte de la cadena que une a lo local con lo regional. Ahora se trata de jefes independientes, que mediante el dudoso recurso de firmas se lanzan en busca del botín de los nuevos recursos económicos. No responden ante jefes nacionales, sino a los intereses de las diferentes organizaciones ilegales o criminales que buscan consolidar sus propios intereses.

Este nuevo fenómeno, digo, modifica de manera sustancial la manera de hacer política: ahora se trata de hacer riqueza privada. Y este nuevo arreglo puede encontrar apoyos locales en la medida en que con esas riquezas se puede hacer alguna redistribución que permite a algunos sectores de la población, los más pobres, acceder a algunas formas de consumo. Esto explica por qué es tan fácil circunvalar los partidos, o inventarse unas siglas engañosas y buscar adhesiones mediante firmas.

 

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