Por: Ignacio Zuleta

Lo que va de rojo a verde (Estampa campesina con selfi)

El anuncio público de la celebración del segundo cumpleaños de Alexander fue a las siete de la mañana de ese sábado cuando tronó por los altoparlantes del equipo la canción Tu cumpleaños, de Diomedes. Maritza, la rozagante madre de Alexander, sabía cómo bajar de la internet sus canciones favoritas a la USB que alimentaba ahora al aparato de megabass y woofers (dice allí que se llaman, al lado de las luces que titilan). Ya desde el jueves anterior, Heider, el padre del chiquillo, había pasado de casa en casa a invitar a los vecinos al cumpleaños y a los que tenían datos y señal ya les habían enviado mensajes por WhatsApp. Pero ahora era el viento el que llevaba el alegre anticipo de la bulla coreada por el eco de esas hoyas y cauces cobijados en las faldas de los Andes.

El jolgorio comenzó a hora de almuerzo. Ya había sol para el baño. Mi anfitrión en la zona, un amigo, era bien conocido de Maritza. Recorría estas tierras desde hacía unos años, cuando aún se consideraba zona roja. Con la consolidación parcial de los acuerdos y el desminado al que ayudaron los vecinos y las Farc, el chico arrendó un rancho y con el magro sueldo de una ONG de soñadores se dedicó al apostolado de la agroecología. Cuando los campesinos vieron que en la minúscula huerta de Don Hippie crecían maíz morado, frijoles y cebollas, zanahorias, alverjas, zapallos y tomates, empezaron a solicitarle sus servicios.

Poco a poco la tierra yerma de los aparceros se llenó de comida limpia y accesible, y el hippie se hizo parte de la comunidad pues alfabetizaba adultos retrecheros, era buen tegua con las plantas medicinales de la zona y, sobre todo, le cacharreaba con éxito a las motos cuando empezaban a sonar como guadañas. Mi amigo empacó entonces en su mochila arhuaca un par de camisetas talla dos y una botella de Ron Marqués del Valle “pa’ nosotros, porque qué tal si nos resultan evangélicos…”, comentó, y salimos.

Ya llegando al epicentro de los ranchenatos, después de atravesar un robledal de belleza prodigiosa, nos encontramos con otro convidado que venía en la moto llevando de una cuerda a un caballo ensillado que seguía el pasitrote. —Buenas tardes, Don Hippie—, saludó el campesino. —Buenas tardes, Jael. ¿Y por qué no se vino más bien montado en el caballo?—, le preguntó mi amigo. Y con lengua veloz le respondió. —Porque esta EcoDeLuxe no me deja que la traiga de cabestro—. La risa abrió el camino y llegamos a la casa.

El hippie me miró con picardía cuando a la entrada vimos una pequeña estatua de la Virgen y pasamos al patio a saludar. Rodaba el ron y al parecer desde temprano. Los campesinos de mediana edad ya estaban colorados y locuaces. Unos peleaban y otros se abrazaban. Los más jóvenes comentaban sobre la ortodoncia y los videos. La abuela se había apoderado del fogón y asaba lonjas de cerdo mientras sacaba las papas cocinadas a secar. En la mesa de un comedor modesto reposaban la torta y Alexander, quien ya tenía la cara embadurnada con crema pastelera de un magenta imposible, en tanto las mujeres aprovechaban el desorden de los hombres para firmar papeles de una cooperativa femenina de cultivos orgánicos en paz.

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