Por: Hernán Peláez Restrepo

Lo que vi

Para estar en concordancia con el estilo para hablar de Leonel Álvarez, el DIM es como el dicho popular aquel que dice: “Dos cucharadas y mano a la presa”. Porque revisando la manera como consiguió los puntos en Neiva, es de aplaudir el sentido vertical de su juego. El primer gol, comenzando el segundo tiempo, resultó ser una jugada colectiva rápida y precisa para la definición de Martínez ante el pase claro de Pardo. El segundo, un saque rápido de Bobadilla permitió que la pelota la tocaran tres jugadores rojos para sellar la victoria, que resultó merecida por la manera como soportó los embates desordenados, aunque impetuosos del Huila, esta vez flojo en la zona defensiva, donde se abrían muchos espacios y perdían en velocidad ante Arias y Martínez especialmente.

Fue un buen partido, en el que lo rescatable es saber que sí se puede jugar de forma distinta, sin tantas vueltas y arabescos y con sentido práctico. De ahí la frase del comienzo, DIM resolvió en cuestión de segundos y a velocidad, enfilando por la zona central hacia el arco del Huila. Su caída es simplemente un aviso para retomar fuerzas y aprovechar el primer lugar que lo conserva para entrar a pelear el tramo siguiente. Fue tropezar y regresar con los argumentos frescos.

En cambio, el 0-0 de Millos y Once Caldas no salió del común de los juegos, interrupciones, protestas, tres tarjetas rojas y los arqueros sufriendo poco por la congestión del mismo juego. A veces se puede perdonar un 0-0 por lo que brindan los equipos. Esta ocasión no fue así y la apreciación es válida, cuando no se pudo rescatar ni tan siquiera un valor individual.

Así como Jackson Martínez, el goleador del Medellín, que atraviesa gran momento, porque no solamente tiene gol sino que se la sabe rebuscar por los costados, elude esos planes de marcación asfixiante y tiene sentido de juego colectivo. También Giovanni Moreno marca una diferencia, porque sabe y le gusta la pelota y de paso es necesario saber perdonar los a veces exagerados pases de tacón. Sin embargo, esos mismos movimientos van obligando a los aplausos y se hace fácil calificarlo como el mejor. Le falta mucho para ser jugador de equipo, porque pretende resolverlo todo solo, ignorando a sus compañeros, muchas veces mejor ubicados. En su caso peca por exceso y no por defecto y eso resulta bueno en nuestro fútbol, muchas veces plano en el juego y previsible en su desarrollo.

Santa Fe, que pasó por encima a los de La Equidad, de a poco va consiguiendo objetivos. Cada día pesa más Ómar Pérez, se consolida el trabajo en defensa y zona de recuperación y el chileno Gutiérrez va encontrando su puesto. Y ni hablar de Mario Gómez, quien cada vez que ingresa trae gol y claridad para llegar a zona del arquero rival.

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