Por: Hernán Peláez Restrepo

Lo que vi...

Vi los tres clásicos considerados más importantes, aunque en verdad lo son más por la historia y el número de enfrentamientos, que por el fútbol ofrecido en el presente.

El de Millonarios-Santa Fe resultó un juego plano, equilibrado, con pocos jugadores capaces de imponer su talento y jerarquía. Quizás en el azul, John Ulloque por raticos parecía ser el llamado a ordenar a sus compañeros, mientras el venezolano Cichero en defensa, sin mucha pulcritud, sacaba lo que podía y el arquero Delgado respondía.

Sabido es que en los cardenales la ausencia de Ómar Pérez determina otro estilo de juego en el equipo, y en ese aspecto Anchico quiso ser el jugador para desequilibrar, mientras Seijas sigue en ese limbo, donde no se llega a saber si es jugador importante o no.

En Medellín me pareció que los rojos en la complementaria sitiaron al Nacional, sin lograr el empate. Tuvieron posesión de balón, control de juego, mientras el verde, con mucha gente amontonada en los últimos 25 metros de su campo, sacó el resultado. De paso, el técnico José Fernando Santa aprendió que, siendo su pareja de zagueros centrales lenta, es preferible jugar con cuatro defensas. Hubo al menos más intención de jugar en este derbi que en el bogotano.

En Tuluá, América fue superior en el primer tiempo, quedando sin aire y sin salida en la complementaria, donde Cali consiguió el empate, y al final su mejor jugador, Jonathan Álvarez, determinó la victoria. Fue clave este volante porque, aparte de marcar los dos goles, quiso siempre con buen criterio administrar la pelota, hacer pausa y buscar aprovechamiento de la movilidad de Diego Álvarez. No así de Morel y Charria, excesivamente pasivos y lentos.

No puedo dejar de advertir un sencillo raciocinio que los dirigentes reunidos en Bogotá no consideraron para bien del fútbol. Un plantel profesional debe tener máximo un plantel de 25 jugadores, tres de ellos arqueros. El cuento de las divisiones inferiores es válido, siempre y cuando a jugadores con 19 años se les dé oportunidad de jugar o marcharse. Si a esa edad se ven cualidades para jugar, que se queden. De lo contrario, darles el pase, recomendarles cambio de equipo, ciudad, aunque sería preferible sugerirles la opción de otra profesión.

El fútbol no es para todos, así lo quieran los jugadores y sus familiares. Un muchacho a esa edad todavía puede elegir modus vivendi y comenzar a ser profesional a los 23 es poder jugar si acaso siete temporadas más. Por eso las divisiones menores deben ser tratadas con seriedad y por personas que entiendan no solamente el fútbol en sí, sino la condición humana.

 

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