Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Lo técnico, lo político y lo sentimental

Se avecinan elecciones regionales. Serpa prepara avales, Santos toca marimba en Guapi.

El Centro Democrático carnetiza miembros, el Consejo Nacional Electoral examina vallenatos. Es este el momento para discutir problemas de ciudades y departamentos. Uno de los más antiguos, el de la electricidad fiable, toca además a varios departamentos de la costa norte del país. Sobre las posibles soluciones, ya nos sabemos la canción: se dirá que es un problema de Electricaribe. La empresa responderá que le deben millones, que siguen en el negocio casi por caridad —que han instalado medidores, cajas fuertes para los medidores, cuadrillas de subcontratistas que vigilan cuadra a cuadra las cajas fuertes de los medidores. El ministerio prometerá desembolsos. La superintendencia reconocerá, silenciosa, que no tiene dientes para tanto.

Llama la atención que no se interpele de manera especial a los gobiernos municipales. Esto resulta paradójico, pues el problema con la luz es, en principio, un problema de ciudad. Antes de Electricaribe, que apareció en los noventa, vinieron las migraciones. Algunas familias llegaron por búsqueda de trabajo, otras por desplazamiento forzoso paramilitar, muchas tras inundaciones en la provincia (y malos manejos de inundaciones). Las distintas áreas metropolitanas fueron reacomodándose, se fundaron barrios e iniciaron luchas por inclusión a la ciudad. Por educación, trabajo, energía y agua limpia que se pudiera pagar y que llegara todos los días, sin fluctuar. Tras años de negociaciones con políticos, grupos de habitantes y juntas de acción comunal emprendieron marchas por acceso a servicios públicos. Comunidades enteras se negaron a pagar el recibo como forma de protesta, no sólo por un servicio pésimo, sino (sobre todo) por rabia, contra una ciudad que no los tenía en cuenta.

Tras la venta de las empresas públicas hubo períodos de larga movilización. Muchos se sintieron humillados ante la instalación de medidores sin previo aviso y la aparición de nuevas deudas. Fue entonces cuando un problema político de inclusión a Barranquilla, a Montería o a Santa Marta se convirtió en uno técnico, administrativo. En un lío de una gente contra Electricaribe y sus medidores impenetrables (algunos los montan muy alto: los habitantes no los pueden tocar y el subcontratista de turno tampoco los puede leer).

Así, las familias en los barrios “subnormales” —sin infraestructura estatal— y clasificados como estrato uno y dos acumulan deudas. Su causa no generó antes o ahora ninguna acogida en ninguna parte. Esta falta total de empatía no es política, ni técnica, sino más bien sentimental. No se comportan como determina la norma nacional de pobreza romántica que prescribe desamparo y humildad. Salen en prensa y noticieros furiosas, quemando alguna llanta en manga sisa. Dice Electricaribe que tienen “cultura del no pago” y que cometen otras faltas: oyen música duro, ven televisión, tienen celular. En algún reportaje se comenta que hasta “tienen billares”.

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