Paro nacional: así avanzan las marchas en Colombia

hace 56 mins
Por: Arturo Guerrero

Lo último que somos

Los hombres somos muchos hombres, un tumulto. Esta proliferación de identidades no se da simultáneamente. Lo que fuimos forma parte de lo que somos, pero eso que fuimos ya no es completamente lo que somos. Si cada siete años se renuevan las células, cada año otro ser desplaza al que éramos.

Más bien habría que afirmar que vamos siendo una galería de personas sucesivas. Una especie de fila india identitaria. Hay períodos drásticos más allá de los cuales los espejos no nos reconocen. En los titubeantes ciclos de formación, cada diez años vestimos los mismos hábitos, que cambiamos drásticamente en la siguiente década.

Basta ver las fotos de aquellas épocas cuando el pelo nos delataba. Barba, bigote, melena, rasurado militar, en el caso masculino. Crespos, alisamientos, torrente renegro, corte ejecutivo, si se trata de ellas. Ese individuo temeroso o satisfecho que se esconde detrás de acciones de peluquería no nos representa, es pieza de museo.

Al cabo de cuatro decenios llega por fin una estación en que se decanta la personalidad. A esto se le llama madurez, tiempo en que los sobresaltos se atenúan. Pero no hay que fiarse. La máquina de pensar, la rueda de los quereres y sentires nunca paran. Cada triunfo prende un brillo ocular, toda pesadumbre marca surcos y petrifica gestos.

De modo que continúa la metamorfosis que nos define. Un camaleón espía en el fondo de las más férreas personalidades. Hasta que el deterioro que anticipa la muerte nos reduce a la mínima figura por la que seremos recordados. Mientras tanto, somos lo que vamos siendo, un montón de estatuas superpuestas.

El poeta y aforista francés Georges Perros (1923-1978), inquieto observador del propio devenir, agregó un apunte decisivo a esta progresión: “El drama —escribió en sus Papeles pegados I— es que siempre somos lo que somos en último lugar. Por eso, los demás están en retraso. Cuando hablamos a un escritor sobre su último libro, él ya lo olvidó”.

Esto que sucede con un escritor es válido para cualquier persona. Por más de que sumemos las hazañas y fracasos de una vida, la percepción que cada cual guarda de la propia corresponde a la versión postrera de esa vida. Nuestro juez interior sienta en el banquillo la etapa actual de la carrera.

Ya no somos lo que fuimos, somos lo que actualmente somos. La conciencia aglomera aquellas figuras que gastamos durante las etapas de la vida y las reduce a un extracto. Ese comprimido de hoy saca la cara por nosotros. Lo demás es olvido, arrepentimiento o vanidad.

Gústenos o repúgnenos el recorrido de hace pocos o muchos años, el presente nos entrega un saldo taxativo. Y este resultado es también la lupa desde donde analizamos el mundo.

Cuando los amigos regresan de viajes de años más allá de los océanos, sus voces de saludo preguntando cómo estamos nos parecen intromisiones raras. Hablan con quienes fuimos, creyendo capturarnos en una actualidad ya fenecida. Por eso los citamos a “adelantar cuaderno”. Entonces advertimos que nos quedamos solitarios en lo último que somos.

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