Lo único cierto es que no está

Han pasado 23 años desde que mataron a Luis Roberto Camacho, el periodista. El padre. El hermano. Cuatro hijos y una esposa conformaban la familia que acompañaba su espíritu, siempre inquieto por el destino del país. La batalla que libraba en aquella época era el cáncer del narcotráfico enquistado en las entrañas de la sociedad. Magnicidios, terrorismo, concubinato de un sector de la sociedad y del Estado con las mafias. Colombia parecía un lodazal donde sólo unos pocos estaban limpios.

Desde Leticia, en el corazón de la riqueza ambiental de Colombia, Camacho escribía para El Espectador. Se sentía orgulloso de aportar su granito de arena, desde esa región color verde olvido, en la cruzada que el diario de los Cano libraba contra los señores de la guerra y el narcotráfico.

Como en el viejo vallenato, a Leticia llegó Camacho en la década del 70, buscando consuelo, paz y tranquilidad. Su pluma encontró el camino para denunciar el abandono, la corrupción y el desgreño administrativo de esa capital. Pronto se ganó el aprecio de la comunidad, que lo reconoció como un hombre sincero, honesto, conectado con la necesidad de transformar y construir, de defender la selva y soñar con el futuro.

Creó la Asociación de Usuarios Campesinos, llevó recursos nacionales para los pueblos indígenas olvidados, apalancó la creación de la Caja de Compensación, fue presidente y director de la Cámara de Comercio y puso a circular el primer periódico regional, llamado Ecos de la Amazonia. Todo ello, mientras lideraba su propio negocio: Amazonas Agropecuaria.

En El Espectador y en Ecos de la Amazonia, Camacho denunciaba las irregularidades de la entonces Comisaría del Amazonas y la Alcaldía de Leticia. Pero su enemigo era el narcotráfico que se apoderaba del destino de la ciudad. Sus denuncias encendieron el odio de los violentos, que quemaron la oficina de El Espectador, como anuncio de peores castigos para silenciar al periodista.

La inspiración de este hombre, de este periodista, no era otra que ver un país libre, equitativo y justo. Pero los sicarios lo asesinaron el 16 de julio de 1986, a los 48 años, en la esquina de su casa. Un caso más de impunidad. Un atentado más contra la prensa. Una viuda, cuatro huérfanos. Y el país no siguió igual. Empeoró. Y Camacho se fue.

Ha pasado el tiempo. La viuda, Ángela Luz Cortés, supo reponerse y sacó adelante a sus hijos, quienes aún tienen atravesada en su corazón la voz de su padre y guardadas en el alma las imágenes de su mirada.

Hoy la familia se enorgullece de contar con el premio póstumo María Moors Cabot, el nombre de Luis Roberto Camacho inscrito en un inmenso muro de vidrio en el Noti Museo de Washington al lado de otros 912 periodistas muertos en ejercicio del deber.

Nadie sabrá nunca el dolor que hemos padecido las víctimas. Las preguntas siguen sin resolverse, mientras la corrupción y el narcotráfico hoy están más cómodos en los salones del poder. Lo único concreto y definitivo, hoy que recuerdo a Luis Roberto Camacho, mi padre, es que no está. Y me duele.

Ángela María Camacho. Bogotá.

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