Por: Tatiana Acevedo Guerrero

¿Locomotoras o retroexcavadoras?

UN INFORME DE LA REVISTA SEMANA entrega video y análisis sobre minería ilegal en el país.

La publicación presenta esta actividad como “nuevo flagelo que devora a Colombia”, “tragedia silenciosa de la nueva coca” y “holocausto ambiental”. El video describe las minas como “tapetes verdes de árboles” interrumpidos por inmensas “manchas cafés”. Asimismo, muestra la llegada aérea de cientos de carabineros y funcionarios del CTI que persiguen a un grupo de hombres en camiseta que se esconden entre las piedras. La secuencia, filmada en helicóptero, muestra a los mineros desde un visor que los enfoca como blancos de tiro. También incluye imágenes de explosiones, pues maquinaria y dragas son dinamitadas por la Fuerza Pública.

Entre las persecuciones, los boquetes rellenos de agua en la tierra y los estallidos, el panorama se revela contencioso y agresivo. Así, para complementar cifras, pronósticos y soluciones, cabe enumerar otros puntos de entrada. El primero implica negar el vacío. Resistirse a la tentación de afirmar que las minas ilegales están en “tierra de nadie”. Resistirse a resaltar lo frondoso de los árboles, lo virginal de la selva, la ingobernabilidad de la mina. Esta tendencia a limpiar de Estado el espacio es un filtro que más bien contamina. El contexto en que se inventa y ejerce esta minería es uno producido: con reglas elaboradas en distintas escalas de gobierno, delineado por directivas ministeriales y políticas económicas, por decisiones estatales reproductoras de desigualdades y desempleo. Este es un contexto además sobrediagnosticado: se conoce la ubicación puntual, el tipo de mineral (60% corresponde a explotaciones de oro) y los pormenores de la participación de ejércitos privados.

Lo otro es problematizar la frase “la minería es la nueva coca”. Si la coca incautada se destruye (a veces), qué pasa con el oro (en los últimos años 839 kilos de “oro ilegal” fueron decomisados). Mientras la hoja de coca se transforma, cambia radicalmente de manos, adquiere propiedades y en el marco de la guerra contra las drogas es siempre ilegal, el oro no cambia tanto y está preñado con significados sociales pulcros, de amor o compromiso, estatus, belleza y lujo. Aunque Farc, Eln y Urabeños estén involucrados en ambos, el cambio de producto cambiará los ejércitos. Por otra parte, Semana asegura que los operativos contra mineros ilegales son parecidos a los que se hacen contra capos del narcotráfico (desde 2010 más de siete mil mineros han sido arrestados). Sin embargo (y aunque en ambas actividades hay jerarquías), quien extrae oro no es equiparable a un traficante, sus herramientas son distintas y sus horarios y rutinas también. Su negocio está acaso mucho más descentralizado y su principal utensilio es la retroexcavadora.

Una tercera forma de aproximarse a la minería tiene que ver con esta máquina: la retroexcavadora. Hitachi, Volvo, Koma, Dynamic Acera, Hyundai. Si se emitió un decreto para regular su importación, ¿por qué cientos de empresas ofrecen hacer el trámite en Cauca, Chocó, Bolívar o Antioquia? ¿Qué papel cumplen en todo esto zonas francas y tratados de libre comercio? Entre la agricultura del ministro Iragorri y la infraestructura con que Vargas hace campaña, tal vez es hora de cambiar de metáfora: en vez de locomotora, introducir la retroexcavadora. Quizás esta máquina (usada tan lejos de la ciudad) lleve también al profesor James Robinson a reconsiderar su consejo: “Existen muchas sociedades exitosas hoy que resolvieron su problema rural ignorándolo y dejándolo marchitar”.

 

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