Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Locura

Uno quisiera que la locura fuera un naufragio pasajero. Que no estuviéramos predestinados a ser prefacio, esencia o consecuencia del horror. Que tantos rituales sin fin, tantas muertes violentas que nos llenan de sangre y rupturas, hubieran sido el accidente y no el carácter de nuestra narrativa social.

Seríamos otros si no tropezáramos con las mismas piedras y cada funeral causado por la violencia fuera una promesa de no repetición, y no el preludio del siguiente exterminio.

Acabo de leer un libro tan real y descriptivo que me pregunto si se trata de un texto, un mapa o una dolorosa fotografía repartida en 530 páginas de impecable escritura.

Historia de la locura en Colombia, de Ricardo Silva Romero, es un testimonio individual sobre una tragedia colectiva. Un recuento serio, periodístico y literario de una cultura que desde siempre y desde adentro nos ha devastado.

Uno quisiera que el libro fuera novela y no radiografía. Que ese cinismo tan bien descrito se tratara de una fábula, y que al llegar a la última página y mirar por la ventana, el país no fuera el que está ahí, entre letras y títulos, sino otro, uno donde vivir no fuera una osadía. Pero lo grave, lo que convierte al más reciente libro de Ricardo en una obra necesaria y cautivadora, es que es verdad.

El pretexto del libro son los diez años de la columna “Marcha fúnebre” en El Tiempo. Y para premedicarnos a la entrega periodística, empieza con una exhaustiva clase de historia, atravesada transversalmente por el ADN de nuestra violencia; de la obsesión por dividirnos, por odiarnos, por reclamar más venganza que justicia. El por qué, para qué, desde cuándo y hasta cuándo esta íntima relación entre Colombia y la muerte.

Pasada la lección de anatomía de la barbarie nacional, empieza una selección de 200 columnas (mayo 2009-mayo 2019); 200 abordajes del autor a los gobiernos, guerras, política, narcotráfico, ciudad, partidos, marginación, delitos, en un país lleno de fantasmas y abismos.

Historia de la locura en Colombia no tendrá nunca un colorín colorado; hay que leerlo con visión de “continuará”, así, hasta donde está escrito, y aprender de todo ese dolor, a ver si algún bendito día comprendemos la urgencia de la paz y nos comportamos como si hubiéramos entendido que los muertos no pueden volverse invisibles; que sobran inris y faltan convergencias.

Sería bueno que el presidente de esta nación fragmentada diera por concluida su etapa de entrenamiento y empezara a ejercer. Hace 12 meses, bajo un premonitorio aguacero, juró que nos cuidaría. Pero siguen los asesinatos; pueblos enteros están al borde de la extinción. Y no: no son hechos aislados.

Tendremos que encontrar vías para que el alto Gobierno, el catastrófico ministro de la Defensa y todos los responsables de cuidar la vida de los ciudadanos comprendan que en cada campesino asesinado, en cada indígena al que la violencia le arranca la vida, se van muriendo pedazos del país que juraron proteger.

Punto aparte. Rindo un minuto de aplausos al maestro Héctor Bayona, dulce y genial ser humano; Actor con mayúscula y cofundador del Teatro Libre. Anuncio que a partir del pasado martes 6 de agosto, y hasta donde dure su alma, las tablas de Héctor se han trasladado con telón, vestuario y bambalinas al incógnito camino que del arte conduce al Cielo.

[email protected]

875694

2019-08-13T00:00:52-05:00

column

2019-08-13T00:15:01-05:00

[email protected]

none

Locura

6

3646

3652

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Gloria Arias Nieto

Por un país distinto

Sobrevivientes

Despertemos

La paz, como los ríos

Carta abierta a Daniel Coronell