Por: Catalina Ruiz-Navarro

Locura y violencia

El sábado 3 de agosto un hombre blanco de 21 años, Patrick Wood Crusius, publicó en 8chan un manifiesto supremacista blanco y media hora después se dirigió a un Walmart en donde mató a tiros a 22 personas y dejó heridas a 24. En su manifiesto deja claras las razones, no hace falta quebrarse la cabeza para entender que esta masacre es una materialización del discurso xenofóbico abanderado por Trump y por el Partido Republicano en Estados Unidos, un discurso que cada vez se hace más popular en toda la región.

Trump culpó de la masacre a “los videojuegos violentos” y los “problemas de salud mental”. Esta segunda causal es tan problemática como común: en los países latinoamericanos sigue siendo la primera forma de explicar acciones violentas motivadas por el racismo, el clasismo, el machismo y otras formas de discriminación estructural. Parece una intuición correcta porque lo primero que pensamos es que “nadie en su sano juicio haría algo así”, pero la violencia suele ser mucho más racional de lo que estamos dispuestos a aceptar. Creer que hay una “invasión hispana” en Texas no es una “locura”, es racismo institucionalizado. Aquí también tildamos de “locos” y “enfermos mentales” a los violadores y feminicidas, que son en realidad hijos sanos del patriarcado. La locura, como explicación de la violencia, es una salida fácil que nos permite marcar una distancia entre los agresores (los locos) y nosotros (los cuerdos), y usamos nuestra racionalidad como certificado de que nunca seremos “así” de violentos.

En una entrevista de junio de 2014 para ProPública, el doctor Jeffrey Swanson, psiquiatra de la Universidad de Duke, explicaba que si bien tener una condición mental como la bipolaridad o la esquizofrenia aumenta las probabilidades de tener reacciones violentas, solo el 4 % de perpetradores de crímenes violentos tienen alguna condición mental (no cuentan la sociopatía y psicopatía, que son desórdenes de la personalidad; es decir, que no derivan de las condiciones físicas del cerebro) y que, de hecho, las personas con condiciones mentales son más propensas a ser las víctimas de la violencia.

La violencia doméstica y los discursos de odio siguen siendo a la fecha los mejores predictores de la violencia supremacista blanca, que también es una forma de masculinidad violenta alimentada por el patriarcado. En una entrevista para La Vanguardia, de Argentina, en abril de 2017, la feminista Rita Segato dice sobre los violadores: “[la violación] es un acto de moralización: él siente y afirma que está castigando a la mujer violada, a su víctima, por algún comportamiento que él siente como un desvío, un desacato a una ley patriarcal” —o al statu quo, que es un sistema de desigualdades de género, clase y raza—, “él es un castigador, él no siente que actuó contra la ley, sino a favor de una ley que es una ley moral”. Segato da en el clavo al afirmar que todas estas violencias afincadas en la masculinidad y los discursos de discriminación a todas las personas no blancas son completamente racionales. No es un desorden químico en el cerebro o la experiencia de un trauma lo que causa estas violencias, sino una serie de discursos que se consideran razonables. No en vano fue en la Ilustración o la era de la razón cuando se articuló el discurso sobre el cual se justificó una de las más grandes atrocidades de la humanidad: la esclavitud. Si algo nos enseñaron los crímenes contra la humanidad del siglo XX, si algo muestran las muertes violentas de América Latina y de Estados Unidos, es que la violencia humana no es azarosa, ni excepcional, ni siquiera instintiva. Nuestra cordura ha sido siempre más violenta que nuestra locura.

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2019-08-08T02:30:46-05:00

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