Por: Columnista invitado
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Logan: Mutante crepuscular

Por Deivis Cortés*

Un entierro, una niña recitando las líneas de un western emblemático (Shane, 1953), y una cruz que deviene en equis: X-Men, Arma X, X-23. Un albino que para protegerse del sol usa sombrero, bufanda y guardapolvos asemejándose a un pistolero. Una bestia cansada que empuña un revolver (bala de adamantium incluida) generando una sensación de extrañeza y familiaridad. Un afiche: Logan recortado contra el crepúsculo, empuñando garras en lugar de pistolas, pero la alusión es clara: Logan (película) se apropia de varios códigos del western crepuscular. Ese género maduro, seco, nostálgico y reflexivo que inventaron John Ford y Sam Peckinpah en los años sesenta y que ayudó a redefinir Clint Eastwood en los noventas. De hecho el afiche mencionado recuerda al de The Wild Bunch (1969): ocho hombres caminando hacia el crepúsculo de su época, de sus vidas, de su oficio, del género mismo.

Tras diecisiete años de figurar en pantalla Logan se enfrenta a su crepúsculo. Aunque el crepúsculo de alguien tan longevo es difícil de imaginar; demanda la ayuda de la intertextualidad y la metaficción. Guiños a Unforgiven (Eastwood, 1992) para mostrar un Logan más descreído, cansado, enfermo y con problemas para pelear y sanar. Guiños a A Perfect World (1993), The Last of Us (2013) y Children of Men (2006), donde el entierro de Julianne Moore y el de Sir Patrick Stewart comparten más de un rasgo. Cine dentro del cine y presencia del comic mismo: “Sólo pasó un cuarto de esto y no así”. Print the legend.

Se ha hablado mucho de Logan como una película adulta, madura y hasta brillante. Exageraciones. La apropiación de códigos ajenos provoca efectos interesantes pero genera también un malestar sutil: ver Drive (2011) habiendo visto antes The Driver (1978) y Le Samourai (1967), la conciencia de estar ante el reciclaje efectivo (pero efectista) de algo ya visto y mejor hecho mucho antes. Los resultados son aceptables, pero Logan tampoco es el alarde de valentía del que todos hablan. La ultra violencia, el énfasis en las relaciones entre personajes (un drama familiar más que una película de súper héroes o de mutantes) y la muerte del protagonista son moneda corriente del cine indie americano noventero, del cine del Nuevo Hollywood y del cine “de autor” de toda la vida. Es cierto que algunos bluckbusters como Dawn of the Planet of the Apes (2014) coquetearon con esos recursos y no se atrevieron a explotarlos hasta sus últimas consecuencias, pero también es cierto que Janeth Leigh murió en el minuto treinta hace más de medio siglo. No hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera bajo el sol crepuscular.

Tras diecisiete años de figurar en pantalla, el género superheróico no se enfrenta precisamente a su crepúsculo, pero sí al desgaste de su forma clásica; empieza a apelar a códigos post clásicos para sobrevivir. Primer signo: no más condescendencia de blockbuster, no más PG-13. Larga vida al sello R. El experimento funcionó con Deadpool (2016). Logan es continuista y eleva la apuesta un peldaño más. Falta una tercera película (ojalá no secuela) que consolide la nueva fórmula hasta que se vuelva a anquilosar a fuerza de repetición y entonces una nueva crisis obligue a pasar del post clasicismo a la vanguardia. Pero eso es otra historia.

 

 

* Docente de cine e investigador de la Universidad Nacional. dacortesp@gmail.com

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