Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

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Bienvenidos a Pazaporte, una columna independiente que les promete responsabilidad y franqueza, pero no perfección. Un espacio libre, un puente abierto por donde transiten muchas preguntas, muy pocas certezas y ojalá ningún destierro.

Pazaporte (así, con Z) nace hoy, 31 de octubre de 2017, en un diario por el que he sentido amor y respeto desde mucho antes de mi llegada al mundo. Un diario que me enseñó y contagió el valor necesario para defender la libertad de expresión y la fuerza de la verdad. Me enseñó que la escritura creíble es incompatible con el ejercicio del miedo; porque el miedo en sí mismo es cobarde; es una telaraña oscura y pegajosa, que puede castrar pensamiento, obra y misión, y muchas veces no es más que el último recurso del vencido, cuando se queda sin argumentos, pero insiste en seguir vestido de vencedor.

Pazaporte le apuesta a una sociedad que aprenda a vivir la cultura de la no violencia; una sociedad capaz de llevar de la utopía a la realidad, las consignas de inclusión y tolerancia; “desarmar los espíritus”, y aprender y desaprender, en clave de paz. No necesariamente a olvidar. Yo no creo en el olvido, y ni siquiera pienso que sea lógico intentarlo; si olvidamos las heridas, ¿cómo vamos a explicar y superar las cicatrices?

Creo, sí, en la necesidad de reconstruir una sociedad donde no se piense que el perdón es atributo de ángeles o lunáticos, y comprenda que el mundo fragmentado en buenos y malos no es funcional: es arcaico y —sobre todo— insuficiente para los desafíos que vienen. Urge un país que sea consciente y se dé permiso de pensar distinto; más dado a construir puentes que a perpetuar abismos.

Pazaporte cree que Colombia merece despertarse sin odios, archivar resentimientos y tirar la llave al océano; da pesar el desperdicio de tiempo, inteligencia y poder, en nombre de venganzas subrayadas por la impotencia y el rencor. La ley de la retaliación nos dejaría infinitamente más tristes, más vacíos y más muertos de lo que estamos.

El domingo, cuando terminó la entrevista a Humberto de la Calle, ratifiqué mi pensamiento inicial: quiero que una persona así gobierne mi país. Lo siento íntegro, perseverante y coherente. Mezcla perfecta de valentía y serenidad, intelecto y acción, sensibilidad y polo a tierra. Ha demostrado que puede resolver macroproblemas que llevaban más de 50 años sin solución, y aun cuando no ha inventado la panacea contra la inequidad, es claro que él y Sergio Jaramillo lograron lo impensable: que las Farc entregaran las armas. Claro, ése no es el único paso para alcanzar la paz, pero era el imprescindible y el que siempre estuvo más lejos. De la Calle ha demostrado con creces su capacidad de logro, y Colombia lo que más necesita es que la logren.

Lograrnos como país, como democracia; sacar la paz de los laboratorios veredales, llevarla al campo de la vida real y cosecharla con cuidado, paciencia y verdad; traerla a las ciudades y no matarnos ni de balas ni de rabia. Necesitamos tejer confianza y honrar la palabra; no será fácil cumplir lo pactado, pero no hacerlo sería un nefasto suicidio social.

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