Por: Cartas de los lectores

López Pumarejo y los Llanos

La verdad sobre el doctor Alfonso López Pumarejo en su relación con los Llanos no es la que describe en su columna Tatiana Acevedo en El Espectador del 22 de diciembre de 2019, con la cual indujo en error al escritor Lisandro Duque, sino la siguiente:

“Tan pronto como le fue posible, López, que como estadista había tenido la intuición de los Llanos y había dado los primeros pasos para incorporarlos a la economía nacional, resolvió, como particular, convertirse en llanero. Adquirió a crédito, o mejor dicho al fiado, unas sabanas altas, lejanas y pobres, en que la calidad del suelo no correspondía ciertamente a la belleza del paisaje.Enamorado de éste y del clima e ilusionado con su nueva profesión de ganadero, resolvió edificar en el centro de ellas una gran mansión...Ni siquiera en medio de la ibnmensa llanura podía López olvidar sus hábitos de gran señor, adquiridos en Brighton College. Los mantenía en Potosí —así se llamaba la finca— aunque fuera con dinero prestado...

Cuando López compró la finca, ésta no tenía ganado. Resolvió entonces servirse del señor José Antonio Barrera, amigo de todos los llaneros, para que consiguiera con alguno de éstos que le fiara unas novillas o se las diera en compañía. Barrera se dirigió a Santiago Cuenza, rico latifundista de Arauca, y comenzó por explicarle a éste la tremenda importancia que tenía la vinculación del doctor López al Llano...Después de largas conversaciones sobre tópicos ajenos al propósito del encuentro, Santiago Cuenza, viendo que el doctor López...no decía ni una sílaba sobre las novillas, cambió el rumbo del diálogo con estas palabras:

- Doctor López: siempre he resolvido ayudarle. Le voy a mandar 600; 300 a como estén y 300 al partir

- Muy bien Santiago, fue la única respuesta del doctor López.

Dos horas después, el doctor López llamaba a Barrera por teléfono, desde Puerto López: Explíqueme José Antonio qué quiere decir 300 a como estén y 300 al partir...

En la fecha señalada por Cuenza llegaron las novillas a Potosí... Pero resultó que las 600 novillas no cabían en esa época del año en Potosí. Por ese motivo, el doctor López se vio obligado a comprar un predio colindante llamado la Nirvana.

A poco vino lo que se llamó en los Llanos, y no impropiamente, la guerra. Cinco años de violencia, de barbarie, de devastación, de sangre, de miseria. La bella casa del doctor López fue incendiada y sus no muy prósperos rebaños fueron saqueados”.

Es el testimonio de Eduardo Zuleta Ángel, en su libro titulado El presidente López (Ediciones Albon, Medellín,Colombia, 1966, p. 228 y 229). Eduardo Zuleta había conocido a López Pumarejo en febrero 1915 cuando le fue presentado precisamente por Don Fidel Cano, según lo cuenta él mismo en la “introducción” al libro mencionado.

El doctor Laureano Gómez fue un adversario feroz y despiadado del doctor López Pumarejo. Sin embargo, nunca lo acusó de nada que tuviera que ver con baldíos y él lo acusaba de todo, hasta de haber creado la Ciudad Universitaria “dizque para valorizar una finquita llamada Santa María, situada a no sé cuántos kilómetros de distancia” (p. 30). Cuando el más grande estadista del siglo XX murió en noviembre de 1959, el periódico El Siglo del doctor Laureano Gómez dijo en su editorial: “Con la muerte del doctor López pierde el liberalismo un paladín incomparable y la democracia colombiana uno de sus guías más pespicaces y esclarecidos. La Nación se muestra hoy sinceramente unida en un sentimiento de pesar común, de colectivo homenaje a la memoria del ilustre compatriota”.

“Personalidades como la del doctor López triunfan en la muerte y perviven en la secuencia póstuma de sus ideas, de sus esquemas orientadores, de sus gestos, de sus actos, de sus virtudes y hasta de sus defectos.la del ilustre expresidente liberal que acaba de morir poseía rasgos tan sobresalientes que nuestra historia no habría podido eximirse de incluirla en sus anales aunque el destino le hubiera deparado el privilegio de ocupar la primera magistratura de esta Nación”.

Tatiana Acevedo debe informarse mejor, y Lisandro Duque no debería creer en cuentos de espanto como el de la Patasola o la Colmillona, populares en los Llanos.

Álvaro Escallón Villa. Bogotá.

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