Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Lorenzo Falcó & Eva Neretva

Las novelas de espionaje tienen millones de lectores. ¿Por qué? Son fáciles de leer y de entender. Divierten o entretienen. Y ya se sabe: leer es dejar de ser. Dejar de ser uno para volverse otro(s) durante la hipnosis de la lectura. Uno lee un libro de ficción y deja de ser lo que uno es, por ejemplo, columnista en Envigado, ¡Antioquia!, para transformarse en James Bond con su (in)usual licencia para matar o en honorable colegial en Hong Kong o en vendedor de lavadoras en La Habana del sargento Fulgencio Batista. Gajes del arte literario: hacerte otro sin quitarte la ropita.

Hace pocas semanas, el escritor español Arturo Pérez-Reverte publicó Eva (Alfaguara, octubre de 2017), segunda aventura de Lorenzo Falcó, cuyo bautismo de fuego fue en octubre del año pasado, también con Alfaguara, en la primera novela de la saga, Falcó. Lorencito es todo un guaperas. Durante la Guerra Civil Española (1936 – 1939) trabaja para el SNIO, Servicio Nacional de Información y Operaciones, organización de espionaje y contraespionaje del general Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Es apuesto y, por tanto, mujeriego. Astuto y, por ende, mentiroso. Sin hígados cuando se trata de liquidar a agentes de la contraparte, la República del Frente Popular o el NKVD de Stalin, precursor del KGB. Leal a sí mismo y, por consiguiente, peligrosísimo. En su primera aparición, conoce a una joven falangista, Eva Rengel, bonita, tenaz, inteligente y hábil, que a la postre resulta ser Eva Neretva, espía soviética, de la cual, según indicios, se enamora… sin amor.

Amparado en acontecimientos reales, Pérez-Reverte, narrador al mejor estilo de Alexandre Dumas, nos involucra en una trama sencilla pero pintoresca, con su feliz talante expresivo, ágil y descomplicado. Ambas novelas parecen precisas para escandalizar mojigatos o espantar sacristanes de monseñor Marcel Lefebvre y su tenebrosa Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Para mi gusto, Arturo Pérez-Reverte, junto con Javier Marías, Eduardo Mendoza y Almudena Grandes, juega en la cuarteta de grandes goleadores de la novela española contemporánea. Sin moralinas ni pedagogías de matronas del Opus Dei, cada uno a su manera, siguen a Honoré de Balzac en su propósito de “ilusionar al lector hasta tal punto que pueda creer que lo que uno le cuenta realmente ha sucedido”. O sea, en otras palabras, sus novelas entretienen, esa pendejada que tanto aborrecen los marxistoides de librería para quienes la literatura de ficción tiene que ser trascendental, didáctica, grandilocuente o filantrópica. Conmigo sí se jodieron. ¡A gozar con Eva y Falcó!

Rabito: “Las manos de la mujer, crispadas y duras como garras, se cerraban en torno a su garganta, apretando inexorables. Hombre y mujer tenían los rostros muy juntos, y el aliento agitado de ella, sus gruñidos de furia, el soplo de su respiración entrecortada por el esfuerzo de matar, estaban apenas a unos milímetros de la boca de Falcó.

En ese momento él tuvo una erección.

No podía creerlo, pero estaba ocurriendo. Bajo el cuerpo de la mujer que intentaba estrangularlo, exactamente en el ángulo obtuso que formaban los muslos de ella abiertos sobre los suyos, inmovilizándolo contra el suelo, la carne de Falcó, a punto de viajar a la orilla oscura, despertaba recia e inequívocamente.

Creo, se dijo de pronto lúcido, que moriré otro día”.

Arturo Pérez-Reverte. Eva, octubre de 2017.

@EstebanCarlosM

 

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