Por: Paloma Valencia Laserna

Los abismos de la violencia

La Semana Santa da la oportunidad de viajar dentro de Colombia y preguntarse otra vez si existe la colombianidad o alguna sutileza que nos permita pensar que tenemos todos algo en común.

Y claro está hay cosas, pero la más impactante es una inquietud que nos cubre a todos como una sombra. Son las cicatrices que nos ha dejado la violencia. Aún en los gestos más pequeños; alguien inicia un rosario pidiendo que la guerra no deje más muertos, los ojos cristalinos de una madre a la que sólo le queda un recuerdo, un sonido hosco de pronto nos espanta, la oscuridad que siempre se evita.


Colombia pasó mucho tiempo desangrándose ante el Estado. Un aparato indescifrable: indiferente o ciego, cruel o inútil. No hay un bien que los ciudadanos valoren más que la seguridad. Hasta hace muy poco los colombianos tuvieron que enfrentar decisiones que no corresponden a una organización social que tiene un Estado. Vivíamos en algo se llamaba país pero que no reunía lo básico. La amenaza inminente de un secuestro obligó a muchos a escoger entre la vida y la libertad. Algunos prefirieron la muerte a las cadenas. Muchos que prefirieron ser prisioneros y no pudieron evitar ser asesinados, y otros aun teniendo el corazón bombeándoles sangre, perdieron el alma.


La gente tuvo que recurrir a límites terribles para protegerse. Unos huyeron dejando todo atrás, hubo quienes iniciaron sus vidas desde la nada absoluta. Otros murieron como mártires sin causa, y unos más, desfiguraron su humanidad al convertirse en feroces defensores de sus derechos. Cada quien lo que pudo. No hay cómo juzgarnos, sólo nos quedo esta zozobra.


Por eso preocupa que el Estado esté perdiendo nuevamente el control sobre el territorio. Si el aparato institucional no es capaz de mantener el monopolio de la fuerza, la sociedad volverá a derruirse. La seguridad es el bien que justifica la existencia misma del Estado; es su labor principal, su mandato más elemental. El hombre como los demas seres vivos teme la muerte y sus reacciones ante las amenazas son imprevisibles. De nada servirán esas políticas de desarme, ni aún los intentos de refrenar la sociedad civil por la fuerza.


La sociedad sólo funciona cuando el colectivo está convencido de que el Estado es capaz de hacer cumplir la ley. Es una convicción ilusoria, pues ningún Estado podría tener el aparato represor para contener toda una sociedad rebelde. Pero una vez se asienta en la mente de los ciudadanos que el Estado puede, la fuerza se reproduce; menos violentan la ley, y cuando son pocos el Estado los contiene. Así que la creencia se nutre y avanza.


Pero cuando la inoperancia del Estado se hace evidente, nadie quiere respetarlo. Surgen sentimientos ambivalentes: el aparato tiene tintes amistosos y otros déspotas e intolerables. Este ya desesperado se concentra en aplicar las leyes más simples, forzando a los más débiles; mientras los más cruentos criminales quedan sin castigo.


La sociedad se sale de control. La idea –que ha hecho ya curso en Colombia- que el pacifismo es una alternativa para enfrentar las amenazas, no es viable. Puede ser loable, como lo es el mártir, pero no puede ser una política de estado. No puede exigírsele a un ciudadano que resista inerme cuando otros pretenden violentarlo. El instinto de conservación es el más básico y potente de todos. Habrá quienes escojan morir, pero habrá quienes no. Ese es el camino a la descomposición total.


El Estado debe procurar avanzar en el monopolio de la fuerza. Cualquier descuido puede empujarnos hacia los abismos.

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