“Los abismos”

Noticias destacadas de Opinión

Ignoro el impacto del libro de Pilar Quintana en los lectores no caleños. A mí me revolcó. Conozco todos los rincones de ese Cali que va descubriendo Paulina, la niña de ocho años que nos comparte su historia.

Me convertí de repente en ella. Entré al almacén Saz con su enorme vitrina, su árbol de Navidad gigante y lleno de bolas de colores, sus maniquíes vestidos elegantísimos. Caminé de la mano de mi mamá por la avenida sexta y me senté en una mesita a comerme un helado en Dary. Sé cuál es el árbol enfrente de la casona con muro de piedra que está entre los dos ríos.

Volví a vivir en el barrio de Santa Teresita y atravesé de nuevo el puente para llegar a Santa Rita, entrar en el supermercado y preguntar algo en la droguería. Me derretí de sudor al mediodía con el uniforme del colegio. Sentí terror en esa primera confesión cuando tuve que decir una lista enorme de pecados. Se me volvió a atragantar la hostia en el paladar el día de mi primera comunión y después me divertí como loca jugando con mis amigas.

Volví a subir a la carretera al mar, mareada por las curvas y aterrorizada de los abismos. Sentí cómo me envolvía la niebla por las tardes y se me aparecían los fantasmas. Otra vez vi al mayordomo cortándole la cabeza a una culebra. El terror de andar sola por la trocha, rezando para que no se me apareciera la patasola. Pegué de nuevo la nariz en los ventanales por las noches, con el corazón saltándome de pavor hasta que no escuchaba el pito, veía las luces del carro de mi papá y comprobaba que había llegado vivo después de subir por esa carretera llena de peligros y curvas desde Cali.

Me volví a congelar con el impacto del agua helada la primera vez del baño en chorrera y también pasé horas acariciando las florecitas rojas, como plumas de los carboneros. Hice de nuevo torticas con la tierra roja de las montañas y grabé mi nombre con un palito en sus entrañas. Me arrastré por los pastos empapados por la lluvia. Acaricié hojas de diferentes árboles y les seguí la pista a los cucarrones negros. Recorrí a caballo, a galope loco, por donde cupiera y me arropé en esas cobijas pesadas y heladas, quedándome muy quieta para calentarme.

Paulina me devolvió a los ocho años. Su manera de ver las cosas que suceden se parece en algo a la mía. Pero las sensaciones están intactas.

No les cuento la historia. Dura, inocente, desgarradora y tierna. Ya la leerán en Los abismos. Simplemente quería compartirles mi lectura como caleña, cuando a la misma edad viví en esos mismos lugares. Y volví a olerlos, a sentir, a palpar y a palpitar con ellos…

Pilar Quintana. Los abismos es una obra que todos tenemos que leer y devolvernos a esa edad donde se mezclan la inocencia, los temores y el dolor. Chapeau!

Posdata. Tengo dolor de Cali. El vandalismo de unos cuantos opacó la seriedad del paro. Presidente, usted es el responsable de todo, por su ceguera, soberbia y terquedad. Y por mí, me importa un rábano que quiten a Sebastián de Belalcázar, nunca ha debido estar allí.

Comparte en redes: