Los agentes naranja

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MIAMI. Las predicciones se están cumpliendo con gran precisión: la recta final de la campaña presidencial, en medio de una pandemia sin control, sin liderazgo efectivo, con cifras inauditas de infectados y muertes para el país más poderoso del planeta, podría ser peor que todo lo que hemos vivido hasta el momento ante un presidente acorralado, que busca de manera desesperada recuperar el terreno perdido en estos meses de crisis sanitaria e intensas protestas sociales.

Ante la imposibilidad legal de sacar a las calles al ejército regular o a la guardia nacional a reprimir las manifestaciones, las eminencias grises de la Casa Blanca acaban de inventarse una táctica provocadora y peligrosa para demostrar que las ciudades con alcaldes demócratas y los estados con gobernadores del mismo partido están sitiadas por vándalos y terroristas. Para combatir ese supuesto desmadre, han enviado a ciudades como Portland (Oregon), Albuquerque (Nuevo México), Chicago (Illinois) y Kansas City (Missouri) piquetes de agentes en traje de fatiga, sin identificación en sus uniformes, que se movilizan en carros sin placas o insignias oficiales.

De manera tendenciosa, Trump relaciona los tiroteos o actos de violencia que han surgido después del levantamiento de la cuarentena con la propuesta del movimiento Black Lives Matter de desmantelar o reducir los recursos financieros de los departamentos de policía. La mayoría de los congresistas demócratas y su virtual candidato presidencial, Joe Biden, se han opuesto de manera radical a esa idea. Pero aceptan que habría que reformar tales departamentos y destinar más recursos a todas aquellas instituciones que buscan mejorar las condiciones económicas de las familias de bajos ingresos —la mayoría afroestadounidenses y latinas— en lugar de concentrar grandes sumas de dinero en la contratación de más agentes, la compra de más patrullas y armamento.

A esos misteriosos oficiales con uniforme de guerra, aquí los están llamando paramilitares, porque actúan al margen de la ley, con total irrespeto por la primera enmienda que garantiza el derecho de protesta y movilización pacífica. Además, el anonimato de esos individuos les permite actuar con total impunidad, sin el riesgo de una acción legal en caso de abusos de autoridad.

Estos agentes naranja (son creación de su comandante en jefe, que despacha en la oficina oval), provenientes de diferentes entidades del mismo gobierno (departamento de Seguridad Interior, de Justicia y oficiales de inmigración), son recursos federales puestos a las órdenes de una campaña de reelección que busca el apoyo del electorado urbano blanco, ya entrado en años, que podría ver esas imágenes de perturbación del orden público como un angustiante presagio de lo que sería el país en manos de Biden.

El presidente, con semejante táctica, se pasa por la faja la autoridad de alcaldes y gobernadores con el objetivo de darle nuevos bríos a su resquebrajada aspiración por seguir otros cuatro años al mando de la economía más grande del mundo. Trump, en su loca carrera, no sólo vuelve a dejar en suspenso, como en 2016, si aceptaría su posible derrota en las elecciones del 3 de noviembre, sino que ha politizado casi toda la operación de la estructura del Estado. Para empezar, lo más sensible en este momento: las dependencias gubernamentales encargadas de investigar y coordinar la descomunal batalla contra el virus SARS-CoV-2 y la enfermedad que produce, el COVID-19.

Hemos entrado en la fase más complicada de la lucha por el poder, porque a medida que se acerquen los comicios, y las encuestas sigan en picada, las acciones y el discurso provenientes de la Casa Blanca serán más agresivos. El primer mandatario ahora pinta los 51 días de manifestaciones en el todo el país por la muerte, a manos de la policía, de George Floyd como la manera en que un grupo de delincuentes y extremistas de izquierda amedrentaron y vandalizaron al país, ante la mirada cómplice de gobernantes del Partido Demócrata y las manos atadas de las fuerzas del orden.

Sin embargo, durante casi un mes de protestas, con sus días y sus noches, el gobierno de Trump quedó al desnudo: sin liderazgo ni discurso efectivo, no tuvo más alternativa que acudir a sus viejas mañas de acusar a los manifestantes de terroristas, de defender a capa y espada los desmanes de algunos de los uniformados, y exaltar los símbolos de los supremacistas blancos, como los monumentos a los generales secesionistas de la Guerra Civil y su bandera confederada, síntesis de la segregación racial y la defensa de la esclavitud.

No sería la primera vez que fuerzas federales se unen a gobiernos locales para tratar una situación difícil, pero sí es inédito que haya unidades anónimas, con vehículos sin identificación, reprimiendo marchas pacíficas, con la justificación de proteger edificios gubernamentales o reducir el índice de violencia. En Portland, donde ya se contabilizan 58 días de manifestaciones callejeras, la aparición de los uniformados federales le dio más vigor al movimiento, y cada noche sale más gente a protestar, según lo han registrado los medios.

El alcalde de esa ciudad —que también es el comisionado de policía— acompañó a los manifestantes, y al igual que ellos tuvo que tragarse los gases lacrimógenos. “Es una respuesta grotescamente excesiva por parte de agentes federales. Esto no es para disminuir el conflicto; lo que se está desarrollando es una táctica de guerra urbana contra la gente, estimulada por el presidente de Estados Unidos y eso se debe acabar de inmediato”, afirmó Ted Wheeler, el burgomaestre de Portland.

Hay varias investigaciones y demandas en curso para detener estas fuerzas utilizadas con objetivos políticos y electorales. Ya un juez federal ordenó que se suspendan en Portland las operaciones de los escuadrones sin nombre y apellido. Ese fallo podría desbaratar el plan. Pero la maquinaria de manipulación se encuentra a todo vapor. Los enfrentamientos con “los federales” son transmitidos por el canal Fox News como muestra de la manera en que el gobierno actúa para recuperar el control que los demócratas no pueden, ni quieren, imponer. Algunos ven en esto un sórdido parecido a las fuerzas de choque organizadas por regímenes autoritarios para reprimir la revuelta y salvar a la nación del comunismo, otro de los argumentos favoritos de Trump, en especial para la audiencia del sur de la Florida.

¿Qué otras sorpresas nos dará el inquilino de la Casa Blanca para evitar el naufragio definitivo de un gobierno que lleva tres años y medio a la deriva? En el momento de escribir esta columna, salió una nueva encuesta de la Quinnipiac University, uno de los sondeos más serios del país. Biden (51%) le lleva una ventaja de 13 puntos a Trump (38%) en el estado del Sol. Esa diferencia es histórica. Sin ganar Florida, el presidente no tendría un camino claro hacia su reelección. En medio del desastre, en las próximas semanas veremos qué otras estrategias se inventarán los creativos del trumpismo para salvar a su líder.

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