Por: César Rodríguez Garavito

Los “ambientalistas extremos” tenían la razón sobre la Amazonía

Llama la atención el silencio de los críticos del activismo ambiental cuando los hechos comprueban las denuncias de los ambientalistas. Denuncias que los críticos lamentablemente tienden a calificar no con argumentos, sino con epítetos que no aportan a la discusión: ambientalistas extremos, teóricos de la conspiración.

Ahí están las advertencias que hicieron hace años los ambientalistas colombianos sobre los riesgos de la represa de Ituango. O las que formularon hace más de una década activistas y científicos brasileros sobre la inconveniencia de construir la tercera represa más grande del mundo, Belo Monte, en el corazón de la Amazonía brasilera que hoy arde.

Cuando tuve la oportunidad de hacer trabajo de campo en el río Xingú en 2012 y entrevistar a los activistas que se oponían a Belo Monte, era claro que su visión era más integral y de largo plazo que la del gobierno (en ese entonces de izquierda) y las empresas decididas a construir la represa a cualquier precio. Recuerdo en especial la conversación en Altamira (Pará) con Antonia Melo, la fundadora del Movimiento Xingú Vivo Para Siempre, quien insistía que la represa empeoraría el “efecto estufa” —el término portugués, más gráfico y preciso, para el efecto invernadero y el calentamiento global—. Melo recordó que, si continuaba la expansión de la frontera hidrológica y extractivista en la Amazonía, los científicos que la acompañaban en el movimiento predecían que la selva se convertiría en una sabana seca.

Melo fue calificada de alarmista y extremista. Economistas, funcionarios gubernamentales, opinadores y empresarios replicaron que una represa, incluso varias, no afectarían ni a todo un río ni a toda una región. Y que la Amazonía era resiliente y necesitaba grandes proyectos como Belo Monte.

Hoy, cuando los incendios se propagan por todo el estado de Pará y la Amazonía brasilera, el mundo discute dos estudios. Uno del científico Carlos Nobre demuestra que la Amazonía está llegando al punto crítico que la convertiría en una sabana seca, pasando a emitir en lugar de capturar el carbono que produce la crisis climática. La porción de la Amazonía brasilera que ha sido deforestada alcanza un 19%. Si la deforestación llega a un punto entre 20% y 25% por la irresponsabilidad de las políticas de Bolsonaro, el bosque perdería la capacidad de reciclar agua y perecería. Antonia y los científicos tenían la razón.

El otro estudio es igual de impactante. Para quien haya hablado con Melo, los hallazgos del estudio dejan el escalofrío de los presagios cumplidos. Como lo advirtieron los activistas, la construcción de Belo Monte disparó la deforestación en la región, no sólo por el efecto de la obra sino por haber abierto la zona a la migración masiva y nuevas obras de infraestructura.

La paradoja es que la destrucción del bosque está provocando la reducción drástica de las lluvias. Lo que, a la vez, deja a la represa sin el agua que necesita para generar energía. La conclusión del estudio dirigido por la economista ambiental Claudia Stickler es que, por esta razón, la represa podrá producir solo el 60% de la energía proyectada.

Los “ambientalistas extremos” estaban en lo cierto.

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2019-09-05T15:31:04-05:00

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2019-09-05T17:04:08-05:00

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Los “ambientalistas extremos” tenían la razón sobre la Amazonía

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