Por: Hugo Chaparro Valderrama

Los amores de una máscara

El director coreano Kim Ki-duk se ha convertido en el filósofo portátil de la cinematografía contemporánea. Sus ideas caben holgadamente tanto en la pantalla como en la memoria del espectador. Es el brujo de la tribu, preocupado por la forma como se privilegia lo mundano y se olvida la levitación espiritual. Un tema que definió el éxito del ermitaño y de sus reflexiones en Las estaciones de la vida (2003); la visión del amor frustrado por el tedio y la riqueza en 3-Iron (2004); el enrarecimiento de su metafísica new-age en El arco (2005), sobrecargada de un simbolismo tentador para interpretaciones laberínticas.

Con Time (2006), los naipes de la filosofía a lo Kim Ki-duk están de nuevo en la mesa. El as del director se revela con un drama tras el que se agazapa la ilusión de la belleza tatuada por el bisturí del cirujano plástico. Prefabricada como una puesta en escena de la vanidad en contra del tiempo y de su deterioro, Kim Ki-duk quiere alertar a sus devotos: las pasiones sin otra dimensión que la piel y sus caricias, conducen al vacío y la neurosis. Un estado de crispación permanente que aniquila el romance vivido por la joven Seh-hee (interpretada por las actrices Park Ji-yun y Sung Hyun-ah tras someterse al cambio extremo de su rostro), y por su enamorado, el no menos angustiado Ji-woo (Ha Jung-woo).

El ring de sus combates es la cama; una cafetería donde la pareja suele explotar sin concesiones por los demás parroquianos y por la vajilla que suelen romper a la menor provocación; un parque de esculturas que sirve de fetiche para recordar los días felices de un idilio cada vez más imposible y la ciudad como un territorio de nadie y de todos los que viven sus historias haciendo del amor un campo de batalla.

¿El amor o las obsesiones que giran alrededor del amor? En Time nadie sabe con certeza quién hace el amor con quién. Seh-hee supone que su novio piensa en otra mujer mientras se abrazan. El conflicto está servido. Hierve al calor de los celos. El guión de Kim Ki-duk ofrece un repertorio de emociones impredecibles. Su ola crece y no termina de caer en la playa —solo cuando la muerte suspende, con su desgracia extrema, los desastres que la precedieron—. En el proceso, un clímax de gritos y reconvenciones conduce al siguiente sin permitir un cese al fuego. Menos aún cuando Seh-hee, luego de someterse a la cirugía plástica, recurre a una fotografía que le sirve de máscara y en la que aparece el rostro que tenía antes de la operación. La ilusión del pasado se hace entonces pesadilla. Su apariencia engaña y defrauda a Ji-woo. “¿Crees que soy un imbécil que sólo quiere un cuerpo?”, le pregunta a su amante desquiciada. Agobiada por el paso del tiempo, “que todo lo cambia", Seh-hee trata de reorganizar la pasión perdida. Una intención vana y frustrante. La película murmura: cada ser humano es irrepetible.

Kim Ki-duk alecciona con su pedagogía cinematográfica al espectador. La repetición neurótica de los desencuentros pasionales sirve como advertencia y juicio moral. Los comodines de su tesis son los personajes, fotografiados por Sung Jong-moo con la perfección y la limpieza de un aviso publicitario. El manual de instrucciones para salvarnos ante la degradación de nuestra imagen es contundente y también tiene la máscara de una profundidad abismal sobre el desencanto que produce el engaño. Un tema que conduce a lo enfermizo sin admitir límite alguno. Tanto así que se contradice el amor devoto cuando los amantes se torturan sin ninguna compasión por su cercanía con la locura. La única salida es la muerte. Y Kim Ki-duk la utiliza para cerrar con un toque operático su relato sobre el amor y sus tortuosos espejismos, hechos realidad según la clínica estética al frente de la cual, según el inicio y el final de la película, el ciclo de la historia se podría repetir cuando otro mortal sueñe con transformar su cuerpo —a menos que la parábola de Kim Ki-duk haya servido de algo.

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