Por: Lorenzo Acosta Valencia

Los ángeles arcabuceros

LA 'OPERACIÓN SODOMA' EXACERBÓ el simbolismo que la guerra ha tejido en torno a los demonios de las Farc.

Desde el jueves pasado, cuando las Fuerzas Armadas penetraron el submundo de la Sierra de la Macarena, las crónicas exorcizaron el cadáver de Víctor Julio Sánchez Rojas, hinchado sobre una bandeja. La vida del Mono Jojoy, encarnación misma del Mal, estuvo consagrada a la concupiscencia de un terrorista en cuyo bigote la ‘paz’ era excusa para persistir en la adoración a Tirofijo y las Montañas de Colombia. En ellas desfallece una progenie de ángeles caídos, hoy alcanzados por el fuego de la milicia de Dios entre las trompetas del “principio del fin”.

La esperanza de la desarticulación del Bloque Oriental de las Farc está cifrada en esa retórica evangelizadora. Mediante la fuerza y la prédica, sus emisarios restauran el orden perdido en una geografía perturbada por el pecado. Otrora, la representación de las virtudes como ángeles triunfantes sobre los vicios también ofreció la ocasión para glorificar la monarquía de los Habsburgo. La iconografía andina del siglo XVII tradujo los relatos de los cronistas sobre las milicias de Viracocha en las imágenes de los ángeles arcabuceros, soldados con alas de cóndor, halcón o águila, pertenecientes a la guardia imperial que aseguraban el asentamiento de la jerarquía política como reflejo de la divina.

En su libro Ángeles apócrifos en la América virreinal (1996), el historiador peruano Ramón Mujica Pinilla señala que los ángeles arcabuceros eran, sin embargo, susceptibles de confundirse con los caídos. Algunos demonios alados, padres de monstruos por haber cedido ante la promiscuidad, habrían revelado a los hombres los secretos de la guerra —asociados a la magia y la astrología— y habrían sido encarcelados en la zona oscura del cielo hasta el juicio final. Su afinidad con los fenómenos meteorológicos llevó a los teólogos a discutir si debían exorcizarse las tormentas.

Ortodoxia y herejía podían derivarse de los mismos temas en diversas voces de la ira santa. Y así sucede con el culto al campesino comunista armado, ese sujeto clandestino que hace del pavor su prédica desde el universo de las Farc. La agencia Anncol reunió una serie de elegías a la caída del Mono Jojoy. Fascinado por las armas desde la infancia, Víctor Julio Sánchez se vio obligado a tomarlas por las hostilidades del Estado; “valiente entre los valientes, amigo entre los amigos” canta un vallenato a un Jorge Briceño que consolaba y redimía a sus tropas; y su coro repite que un demonio de mil nombres murió con el fusil empuñado para hacerse “luz germinante de justicia”.

La desmovilización llevaría a la paz de los muertos, sentenció Jojoy hace una década en el Caguán, teatro de sus vanidades. Hoy, sus deudos siguen refugiados en la demonología para burlar los riesgos de una reinserción; a diferencia de Carlos Pizarro Leongómez, prefieren, cobardes, persistir en su parodia de un Estado de ángeles apócrifos desde el delirio de un inframundo caliginoso por la pólvora de los arcabuces.

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