Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Los animales urbanos

El viernes de la semana pasada, un caimán de anteojos caminó las calles de un barrio residencial de Jamundí, en el área metropolitana de Cali. El caimán de anteojos, conocido también como babilla, atravesó despacito y entró, por uno de los patios, a una casa. “Recibimos el llamado de la ciudadanía por la presencia de esta babilla, que generó pánico en el sector”, dijo el comandante de la Policía Ambiental. El oficial atrapó al caimán, de un metro con 60 centímetros, agarrándolo primero por la boca. Con la mandíbula inmovilizada y las patas al aire lo fotografió la Policía antes de transportarlo a la sede de la Corporación Autónoma Regional. Según el comandante, es el segundo caimán de anteojos que se mete a un barrio este año. Ambos provienen de un pantano en un área cercana en donde “se avanza en la construcción de inmuebles”. Ese mismo viernes, en otro barrio del área metropolitana, el centro comercial La Estación inauguró un mariposario. El local con paredes de vidrio, dedicado a la cría y exhibición de mariposas de 30 especies, fue publicitado como “espacio pedagógico y creativo para el entretenimiento familiar”.

Los animales de una ciudad nos dicen mucho sobre las prioridades de sus élites, la economía local, las rutinas de goce y las desigualdades. Mientras la destrucción de su hábitat llevó al caimán de anteojos a buscar camino y atravesar los márgenes residenciales, las mariposas son cultivadas al por mayor y dentro de un centro comercial como una forma de pasatiempo.

Más hacia el norte y oriente, en Barrancabermeja, es la iguana la que protagoniza la historia urbana. Corrugada y verde, la iguana se ha hecho un lugar en muchos espacios de la ciudad. Cada vez que creció la refinería de Ecopetrol y con ella los espacios recreativos para trabajadores, las iguanas cruzaron las nuevas fronteras, reclamando su territorio. Hoy en día se pasean en las cafeterías de las refinerías. Se han adueñado de las canchas de golf construidas en el Club Miramar. Se acuestan cada mañana a tomar el sol cerca de las piscinas. Paradójicamente es quizá en el club y alrededores que las iguanas viven mejor, pues el personal, en convivencia permanente con ellas, las alimenta con las sobras de la jornada y las protege de los niños que les tiran piedras. En otros sitios menos urbanos, más “naturales”, en los que se supone que estarían mejor, son perseguidas y abiertas en dos para extraer sus huevos y carne (ambos apetecidos y vendidos a buen precio).

Por el cielo, en las ciudades, están también los pájaros. En Medellín viven las tórtolas y las torcazas que se meten en panaderías y salen con boronas en el pico, los azulejos que comen frutas, los titiribíes que persiguen a las moscas. En Bogotá, cerca de extensiones de pasto, está el gavilán bailarín que es blanco y agarra a los pajaritos del sirirí, el cual aunque es más chiquito se defiende cantando y gritando sin cansarse. Está el chamón que está en los parques y aunque parece negro, es azul oscuro, se roba los nidos de los otros para poner sus propios huevos y persigue al cucarachero. Hay animales urbanos que atraviesan localidades, autopistas y surcan a distintas clases sociales. En Barranquilla, la guacharaca busca frutas y semillas hacia el norte y hacia el sur. El bichofué despierta a todos, en casas y edificios en el área metropolitana. Los goleros revisan la basura del estrato seis y el uno. Otros se mueven menos y se quedan conviviendo con una comunidad sin conocer el resto de la ciudad. Los perros con correa en los barrios del norte sólo caminan 15 minutos cuando llega la empleada doméstica y los pasea por la manzana. Los zancudos Aedes Aegypty que viven en el agua guardada del sur de la ciudad no vuelan sino dos metros a la redonda.

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