Por: Julio César Londoño

Los anómalos autores de la órbita K

El argumento literario fue comprensible miles de años hasta la “perturbación estadounidense” del siglo XIX. Hasta entonces las historias eran comprensibles y de final cerrado, los protagonistas obraban de manera lógica, incluso los locos, y el narrador sabía de qué iba la cosa.

Y de pronto dos señores americanos muy juiciosos y que habían escrito relatos clásicos, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, escribieron dos cuentos que rompieron los moldes: Bartleby, el escribiente y Wakefield. En el primero no pasa nada, salvo la rebeldía del manso secretario de una oficina de abogados, y en el segundo un señor cuerdísimo hace cosas tan locas como esconderse 20 años a la vuelta de la casa de su esposa. Al final su rostro, que era vulgar, es extraordinario. En el primer cuento el narrador es apenas testigo y no puede penetrar el pensamiento del singular protagonista. En el segundo el narrador es omnisciente, pero no le sirve de nada porque el protagonista no sabe por qué hace lo que hace.

Melville y Hawthorne se conocieron pero nunca tramaron una revolución narrativa ni publicaron manifiestos ni se dijeron vamos a introducir una “deconstrucción fractal” en el argumento clásico porque no eran franceses, eran americanos. Después de estas dos monumentales anomalías, regresaron a la juiciosa senda clásica y nunca sospecharon que abrieron una fisura vital en el relato (nota: el relato no es un género, es la especie. Comprende toda relación de sucesos: cuento, novela, drama y cuentería).

En su momento, Bartleby y Wakefield parecieron cuentos fallidos o inconclusos. Hubo que esperar hasta Kafka para que nos orientáramos en estos laberintos, para que aceptáramos que el relato lógico, en el sentido aristotélico del término, es solo una de las maneras posibles de entender el mundo y estructurar los relatos. Vistos ahora, a la luz de la poética del checo, Bartleby y Wakefield son relatos transparentes, o al menos de una oscuridad ya familiar. O, para decirlo con las palabras de Borges, Wakefield prefigura a Franz Kafka, pero Kafka modifica y afina nuestra lectura de Wakefield.

Coincidencial (o matemáticamente) fue en tiempos de Kafka cuando nacieron las lógicas no aristotélicas, unos métodos de razonar que entendían que el mundo era un gran fresco de grises, algo más complejo que el mundo clásico de “blanco o negro”, de “falso o verdadero”.

Cuando Arreola escribe El guardagujas, encuentra lectores ya curados de fantasmas, entrenados a moverse en los laberintos del absurdo, habituados a soportar postergaciones y reiteraciones, con la paciencia necesaria para esperar un tren que tal vez no llegue, y si llega tal vez no alcancemos asiento, y si lo alcanzamos quizá nos lleve a un destino equivocado.

La paloma de Patrick Süskind tampoco encontró resistencia alguna en los lectores de finales del siglo XX. Expertos en “lógicas borrosas” y acostumbrados ya a lidiar con insectos, comprendimos el terror del protagonista ante la paloma que merodea su casa (la diferencia estriba en que Süskind cierra sus relatos… A propósito, ¿qué se hizo el notable autor de El perfume? ¿Resolvió dejar abierta su biografía?).

Hawthorne, Melville, Arreola y Süskind son autores de la anómala órbita K. Seguramente los críticos encontrarán en este siglo los puntos comunes. Las claves que los definan. La k-poética. Por lo pronto, ensayemos esta: fueron autores que un día, de manera accidental, escaparon al influjo gravitacional de Aristóteles, y descubrieron de manera accidental, o matemática, que el mundo lógico era completamente artificial, fantástico, y que el mundo real tenía, para bien y para mal, todas las incertidumbres propias de los sistemas sociales.

 

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