Por: Gustavo Páez Escobar

Los años de Otto

En estos días llamé temprano a Otto Morales Benítez a su oficina (en su casa me informaron que ya había salido a trabajar), y al preguntarle cómo estaba, me respondió con alegría: "Feliz, mañaneando en mi oficina". Hacía mucho tiempo que no escuchaba yo el término "mañanear", un verbo de grato sabor que transmite aire fresco, vitalidad y optimismo.

En tan cortas líneas, he mencionado los tres rasgos fundamentales que en mi concepto definen el temperamento de Morales Benítez: la alegría, la vitalidad y el optimismo. Con esas prerrogativas que le dio la vida, y que él ha fortalecido con su vasta cultura intelectual y el ejercicio de un humanismo integral, llega este 7 de agosto a la cumbre de los 90 años.

Vida plena la suya que le permite disfrutar de una salud de roble, sin duda enriquecida por su interminable carcajada, y de una exuberante lucidez mental que no le da tregua en el oficio de escribir libros y más libros, sin marginar el hábito impenitente de la lectura. Y como si fuera poco, asiste con regularidad a las academias de que hace parte, patrocina infinidad de actos culturales, pronuncia conferencias en cuanto sitio requiera su presencia, y escribe una columna semanal para el periódico El Mundo de Medellín. 

Alguna vez le oí decir que él nunca se preparó para la etapa del jubilado. No concibe la quietud ni el ocio. Por eso, desde su retiro del último ministerio se dedicó de lleno a su oficina de abogado, sin preocuparse por fomentar una pensión de jubilación. Es un trabajador independiente e incansable que se da el lujo de “mañanear” –a sus 90 años– para hacer crecer los negocios, estar en sintonía con sus amigos y con el país, y no dejarse deteriorar. Lo salvan su espíritu jovial y su mente fresca y laboriosa. Además, todo lo ve con ojos optimistas.

Siempre ha sido un madrugador a toda prueba. Eso determina que no se haya dejado atropellar por los años. Una vez, residente yo en Armenia, me invitó a su hacienda Don Olimpo, en Filadelfia (Caldas), y muy temprano me llamó a su alcoba para que nos tomáramos un café y… dialogáramos. Otto no ha hecho otra cosa en la vida que dialogar. Dialoga con sus libros, con sus ensayos, con sus amigos, con el país, con su alma. El diálogo es su savia vital. Esa entrega a la gente, trátese de altas personalidades o de seres humildes, le imprime el carácter abierto y generoso que le hace ganar amigos al instante.

Aquella vez en Filadelfia, lo encontré dedicado a la lectura de los periódicos, con unas tijeras a su lado. Conforme encontraba un artículo o noticia de interés para alguno de sus amigos, lo recortaba y escribía a mano el nombre del destinatario, con su cordial saludo, para que a su regreso a Bogotá la secretaria lo pusiera al correo. Yo mismo había sido muchas veces favorecido con ese gesto de sin igual gentileza. Y recordé una memorable referencia suya: que la amistad había que merecerla y se ganaba con el detalle oportuno, y en su caso, utilizaba los adjetivos para encomiar a sus amigos.

Ese es Otto Morales Benítez: un conocedor, como el que más, de la vida nacional; un denodado luchador de las causas sociales; un escritor interminable –como su tonificante carcajada– que se ha ocupado de los grandes temas de la historia colombiana y del quehacer literario; un brillante estadista que le ha prestado invaluables servicios al país, y que ha debido ocupar la Presidencia de la República; y ante todo, un amigo de sus amigos.

Qué mejor homenaje, en sus 90 años, que acompañarlo a “mañanear” con estas letras colmadas de vieja amistad y de perenne admiración.

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