Los años felices de la cocaína

En los tiempos en que Pablo Escobar, Carlos Lehder y los hermanos Rodríguez Orejuela eran unos polluelos recién salidos del cascaron, un Zapatoca, Roberto Santamaría Serrano estaba entre los primeros importadores de cocaína a Colombia.

Por los años 30 del siglo pasado la técnica para transformar la hoja de coca producida en Bolivia la conocían sólo los peruanos, quienes eran los proveedores del incipiente consumo entre los pocos adictos, aristócratas del dinero, dirigentes políticos, artistas y boticas, que las utilizaban con fines médicos. No existían prohibiciones y la cocaína cruzaba fronteras como equipaje de mano. En las boticas se conseguían en venta libre y sin control toda clase de narcóticos, estupefacientes y tranquilizantes que la industria farmacéutica de esos tiempos producía. Un destilado del opio llamado láudano era la medicina para los cólicos menstruales de las mujeres.

Roberto Santamaría fue uno de los descubridores de la mina de oro, pero no se dio cuenta de la magnitud que alcanzaría ese negocio. En sus principios sólo se ocupó del mercado nacional. Posteriormente exportó a Cuba, que con la prohibición del alcohol en los Estados Unidos se estaba convirtiendo en la Sodoma de América.

Posterior a lo de Cuba, se asoció con el panameño Alfredo Mosquera, el típico “hombre Marlboro”, de gran simpatía y generosidad. Los dos socios conocieron en Cúcuta a Eustaquio Gómez, hijo del finado dictador Juan Vicente Gómez y con él iniciaron negocios entre Panamá, Colombia y Venezuela. Lo ocurrido en esos años es un misterio que se llevaron a la tumba sus protagonistas. Al final, Gómez terminó arruinado y Roberto y Mosquera, de pelea. Unos días antes del 9 de abril de 1948 en una habitación del Hotel Florián de Bogotá, Roberto mató a balazos a Mosquera, y antes de que su cadáver bajara a la tumba, pues hubo que esperar la llegada de sus familiares panameños, Roberto salía de la comisaría donde estaba detenido, libre de toda culpa. Su prodigioso cerebro había preparado la mejor coartada.

Roberto Santamaría pudo haber sido un personaje de los que hacen historia en la vida de las naciones, pues tuvo una mente privilegiada, nervios de acero, serenidad a toda prueba y un carisma envidiable, pero todo eso lo desperdició en asuntos que lo llevaron a la ruina. Al final de sus días pudo decir como Arturo Cova: “Jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia”.

Descanse en paz el amigo, y que estas letras lleguen a los ojos de quienes aún están en el mundo de los vivos y conocieron a Roberto.

  Zoilo Guarín Plata. Bogotá.

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