Por: Ana María Cano Posada

Los atravesados

Los expresidentes que no dan respetabilidad al cargo de presidentes en retiro, ahora muestran su voracidad de recuperar el poder para equivocarse como lo hicieron en sus respectivos mandatos y consolidar el campo de batalla en la guerra sin probar el lado b.

Aunque cada uno, a su estilo y en su momento, se acercó a los ilegales (adjetivo nebuloso en esta legitimidad desdibujada), ahora sí consideran que es inapropiado intentar una salida al conflicto con negociación. Van a entregar al país a cambio de nada, advierten como plañideras. Habría que medir por pulgadas cuánto tenemos, cuánto nos queda y cuántas vidas más queremos perder de las mismas que ya suman varias generaciones dilapidadas, destinadas a morir sin propósito. La defensa y el ataque son esquemas rotativos, sin ideología. Detrás de todo el plomo que ha diezmado al país, crecen enormes capitales sucios que quieren imponer, con tierras y armas, armas y tierras, en un sin fin sin sentido y la ley del viejo oeste predomina. Ese desgastado método de la guerra intestina.

El museo de mandatarios ávidos de rencaucharse no se abochorna ante la desidia pero son expertos en atravesarse. Tampoco se pellizcan, al entregar a sus hijos una nación más saqueada, más ultrajada y menos dueña de sí misma y de su construcción, de la que ellos recibieron de sus abuelos y papás. En esto sí cada generación se afina. Y algunos de estos hijos expresidenciales ya están metidos en política con la misma torpeza de sus padres. Con lo que tendremos mucho más de lo mismo.

Ahora los combativos exmandatarios están jugando a quién tiene el revólver más largo y a ganar la atención disparándoles a las escopetas. Le abren paso a su cauda, usan sus mañas para obtener puestos, afilan la corrupción y finalmente sirven a los ilegales de todos los lados, que son los que ganan en esta rebatiña.

Los expresidentes fingen argumentar, la racionalidad no les cabe, y dicen que es inoportuno que ahora sí haya un intento de otra cosa, una conversación por encima de los odios enquistados y las venganzas retorcidas, porque esa búsqueda les resta vitrina. Que según ellos debe prevalecer el recalcitrante uso de la fuerza y la coerción por encima de cualquier chance de reconciliación. No pueden ponerse en el lugar del otro, de la víctima, porque desdeñan esta consideración. Cuál cambio ni qué oportunidad si aquí el que manda manda y el otro, de malas.

Ni uno de ellos se libra pero aún se alberga la duda benéfica de si esta vez va a ser la vencida, después de horas desperdiciadas cuando, en el proceso de paz tras el armisticio del Frente Nacional, Belisario Betancur buscó el consenso en el monte con la comisión más variopinta posible y dos francotiradores lo objetaron en el Senado. Se llamaban César Gaviria y Álvaro Uribe Vélez. Desde hace 26 años. Y otros enemigos ocultos de la paz se camuflaron en las filas de los generales, como otras veces ha pasado. Hoy por fortuna el general Mora los encarna, sentado en la mesa de La Habana.

Ya hablan de posconflicto en muchos lados pero entre tanto estos atravesados e impertinentes huérfanos de poder tratan de sabotear el esfuerzo que quisiera dejar atrás las decenas de 9 de abril enardecidos para abrir al menos otro pasaje. Pasaje que no será apacible porque faltan años para atemperarnos, pero sí podrá ser más amplio. Esto bastaría. Si no se atraviesan del todo otra vez.

 

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