Por: Julio César Londoño

Los bancos, la monja y la zorra

ALARMADAS POR LOS NIVELES ALcanzados por la corrupción, Semana y la Universidad Sergio Arboleda organizaron el miércoles un foro para analizar "los problemas estructurales del modelo actual de contratación pública en materia de infraestructura".

El foro sugirió que sea el sector financiero el que suministre los recursos necesarios para los proyectos, y no el Estado. Según los autores de la propuesta, esto servirá para “aumentar la eficiencia de las obras, atacar la corrupción, la subjetividad de las reglas de juego y la incapacidad estatal”.

La idea tiene su origen en la cándida creencia de que empresa privada es más honesta que la pública y que los bancos son unas águilas para cuidar el dinero. Lo dudo. Si lo fueran, no se llevarían tantas sorpresas: el efecto tequila, las burbujas hipotecarias, la burbuja de las empresas puntocom, la debacle de los mercados europeos… Los bancos saben llorar y pedir “salvavidas”, pero les duele tirarlos. Y la empresa privada, esto lo saben hasta las reinas, son la mitad del miti-miti de todos los chanchullos del Estado.

Con mucha pena, debo decir que no me parece buena idea poner ratones a cuidar el queso.  

Los Nule, por ejemplo, son empresa privada. También lo son los bancos, esos agujeros negros cuyas onerosas tarifas de intermediación son aprobadas por la Superfinanciera, y las EPS, que se las han arreglado para que el Fosyga trabaje y legisle para ellas. 

Con la introducción de este nuevo “mecanismo de control” se incrementarán las coimas de las obras y los costos por servicios de capital. A no ser que, corriendo las auditorías de las obras a cargo del sector financiero, la Contraloría decida reducir su nómina, evento asaz utópico. O que los bancos decidan, en un rapto heroico, financiar las obras con intereses blandos, evento más improbable que la reducción de la Contraloría.

El principal factor de la crisis del mundo es el predominio de lo económico sobre lo político. Cuando los cacaos meten la mano en los asuntos del Estado, las cosas se complican. A manera de ejemplo, recordemos que fue un cacao, Sarmiento, el autor del terremoto silente que dejó sin casa a miles de colombianos, la crisis de las Upac. Sarmiento no actuó solo, claro. Gaviria y Hommes lo ayudaron a parir la genial idea de que el valor de la Upac no dependiera del IPC sino de los DTF, títulos especulativos que llegaron a tener tasas de rendimiento del 40% anual en 1991. Las burbujas, pues, son un engendro colombiano. (Gaviria es César, entonces yuppie entusiasta y hoy neoliberal arrepentido que expía su falta en un convento de credo social; Hommes es Rudolf, el prestidigitador ritual que nos demuestra en diciembre que el aumento del salario mínimo perjudica a los obreros; y Sarmiento es Luis Carlos, el tierno banquero que amaga de tarde en tarde con emprender cruzadas contra la pobreza).     

El incremento de los controles es inútil, porque, como bien dijo Sócrates, cuando entra una monja a un burdel lo más probable es que la monja se vuelva zorra, no que las zorras se vuelvan monjas (esto suponiendo que el sector financiero sea una monja, supuesto muy discutible, y que el Estado sea un burdel, comparación que ofende al burdel, escenario de mujeres esforzadas que la sudan de verdad, al contrario de lo que sucede en el Estado, cuyos funcionarios se mueren con todo el sudor adentro).

Yo, lamento decirlo, no tengo ideas alternativas a la propuesta de Semana. Sólo se me ocurre decir, considerando que la multitud de los corruptos es tan numerosa, que resulta más barato perseguir a los honestos, meterlos en un avión y mandarlos para Noruega. Así evitaremos rozarnos con ellos en la calle, encuentros que no dejan de causarle complejos a uno.

 

 

 

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