Por: Enrique Aparicio

Los barcos que “navegaron” por una montaña

Mehmed II miró con preocupación, o más bien sin creer, lo que estaba viendo: los soldados del magno Imperio Otomano puestos a raya por un ejército minúsculo pero convencido que resistirían hasta donde les dieran las fuerzas que produce el convencimiento de estar luchando por un ideal.  El momento en que el espíritu de sus adversarios se vio fortalecido por su compromiso de fe en el cristianismo.

La desesperación del sultán por el poco éxito de sus tropas frente a un enemigo endeble y falto de recursos lo llevó a tomar una determinación fuera del concepto convencional de una maquinaria de guerra.  

Fue tajante con sus generales cuando expresó: “la fe del islam no puede ser detenida por unos bárbaros cristianos” y enseguida dio la orden de poner en marcha un plan que parecía imposible: al amparo de la noche trasportarían sobre las montañas los navíos con que pretendía tomar Constantinopla, en ese momento, 1453, la capital del Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino. 

Por el norte, la ciudad se encontraba protegida por una entrada de agua conocida como el Cuerno de Oro, que estaba bloqueada al tránsito marítimo por una cadena.  Sus habitantes no se imaginaban que una flotilla de barcos se disponía a iniciar su ataque por el flanco más débil de la urbe.  Los ciudadanos, liderados por la corte y su emperador, se habían dado cita para celebrar misa en la imponente catedral, la Hagia Sophia.  Este sería el preludio a las sangrientas batallas que libraron contra el ejército invasor antes de que la capital del imperio se rindiese y la soldadesca turca la saqueara sin límite durante tres días.

Bizancio, la ciudad que se convirtió a la religión que pregonaba el Nazareno en el año 300 d.C. por órdenes del emperador Constantino y que cambió de nombre a Constantinopla, durante cientos de años fue el símbolo cristiano en Oriente.  Era una piedra en el zapato del Imperio Otomano.  Eso terminó con la intervención de Mehmed II, miembro de la dinastía Osmanlí, que en total duró más de 600 años como casa reinante (desde 1299 hasta 1922).  

​El líder otomano nunca pensó que en esa ciudad, hoy conocida como Estambul, se estaban dando cita energías que marcarían el futuro de Oriente y Occidente. 

La historia universal cambió su derrotero en ese momento.  Me explico: ocurrida la derrota y acto seguido la implementación del islam, fue mucho más difícil tener acceso a las rutas comerciales antes utilizadas para el rico comercio con Asia, lo que obligó a Occidente a buscar nuevas alternativas para llegar al Lejano Oriente.  El resto ya lo conocemos.  La intrepidez del almirante genovés que logró convencer a los Reyes Católicos de la necesidad de buscar nuevas rutas para llegar a los territorios de comercio lucrativo de China, India y el resto.

He escrito sobre Turquía en diferentes momentos, pero cada vez me parece más fascinante el suceso de los barcos atravesando montañas en una época en que no existía ningún tipo de maquinaria que ayudara a esta espectacular empresa.  La inspiración para este artículo proviene de: Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig, y “Defensores de la fe: Guerra entre el cristianismo y el islam por el alma de Europa, 1520-1536 de James Reston Jr.

En el video ilustro con un mapa el territorio donde ocurrieron los hechos que acabo de mencionar y además muestro algo de paisaje contemporáneo navegando por el Bósforo, donde en una orilla se ve el continente europeo y en otra el comienzo de Asia.

YouTube:

https://youtu.be/k9Cpxzbcc1w

Que tenga un domingo amable.

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