Por: Armando Montenegro

Los buenos y los malos

LOS CRÍMENES EMBLEMÁTICOS DE nuestros días son las torturas en Irak, los delitos de los banqueros de Wall Street, el terrorismo, los ‘falsos positivos’ y la compra de las conciencias de los políticos. En las confrontaciones militares se confunde a veces la justicia con la venganza y la venganza con la virtud. El crimen, como la belleza, parece estar en los ojos de quien lo mira.

El último número de Lapham’s Quarterly está enfocado precisamente en la justicia y el crimen. Se presenta allí una cuidadosa selección de escritos, desde Homero hasta Murakami, que muestra qué poco ha cambiado el mundo a lo largo de su historia.

Napoleón, por ejemplo, señaló que “cuanto más religioso es un país, más crímenes se cometen en él”, un juicio que le calza perfectamente a Estados Unidos, a las teocracias islámicas y a varios pueblos y villorrios colombianos de mediados del siglo pasado.

En Lapham’s Quarterly también se halla munición contra la tesis de los violentólogos colombianos que predica que la pobreza es la causa de la violencia. Aristóteles lo dijo hace decenas de siglos: “Los grandes crímenes son cometidos por el exceso, no por la necesidad” y, en palabras de H.L. Mencken: “El trillado argumento de que el crimen es causado por la pobreza es un insulto contra los pobres”.

 La revista muestra que la percepción de los crímenes de los poderosos es diferente a los de los humildes y que, en últimas, todo depende de los resultados. “Los crímenes se convierten en hechos inocentes o incluso gloriosos por su esplendor, número y dimensión”, La Rochefoucauld; “Los crímenes exitosos son tan alabados como la propia virtud”, Jean de la Bruyère.

Varios escritos nos alertan sobre la sesgada caracterización del crimen en las distintas clases sociales: “En la ciudad, el crimen es un emblema de clase y raza. En los suburbios, en cambio, es íntimo y sicológico…, un misterio del alma del individuo”, Barbara Ehrenreich (al respecto, nadie ha podido explicar en Colombia que la impunidad de muchas muertes de gente pobre a causa de jóvenes conductores borrachos no tiene su origen en la posición social y económica de sus padres).

Uno de los temas más comunes es la inutilidad de las instituciones que tratan de luchar contra el crimen y corregir a los criminales: “El crimen y las vidas miserables son la medida del fracaso del Estado; al final, todo crimen es un crimen de la sociedad”, H.G. Wells. “Promulgamos muchas leyes que producen criminales; muy pocas que los castigan”, Benjamin Tucker. “No es al ladrón al que cuelgan, sino al que cogen robando”, proverbio checo.

 Con frecuencia, la literatura se concentra en los crímenes de los políticos y los financistas, con gran visibilidad y enorme impacto sobre la vida de millones de personas. Sobre los primeros, Marc Twain afirmó que: “Probablemente se puede mostrar con cifras y hechos que sólo hay un tipo distintivo del crimen norteamericano: el del Congreso”. Y Bernard Shaw anotó sobre los segundos: “Los defectos del ladrón son las cualidades del financista”.

A raíz de la crisis económica de hoy ha cambiado la percepción de lo que estaba bien y lo que estaba mal, de lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido en los últimos diez años. Su solución pasará necesariamente por una modificación drástica de normas y regulaciones, por lo menos, en los campos del mercado y la política.

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