Por: Cristo García Tapia

Los cadáveres del Poder

Cada vez son más los muertos redivivos con los que tropezamos los colombianos.

No hay un día de esta vida de trafago que padecemos sin misericordia, que no topemos con uno de esos cadáveres rozagantes, plenos de dicha y felicidad, que merodean tranquilos y seguros por el paisaje variopinto de este país de avivatos.

Por obra y gracia de la taumaturgia de las cirugías plásticas, algunos de esos cadáveres sonámbulos hoy tienen rostros diferentes a los que llevaban cuando se los tragó una muerte efímera y debidamente programada. 

O las penumbras artificiales y móviles de lujosos hoteles y clínicas, igualmente programados, habilitados, dispuestos y armados como reclusorios.

A unos se les hizo novenario, misas cantadas y responsos en catedrales, mezquitas y sinagogas; a otros se les exaltó de cuerpo ausente y se les ungió con el agua lustral del perdón que conceden los pusilánimes. 

A todos y todas, se les enalteció y puso de ejemplo para las generaciones venideras de la gran patria, la del silencio mudo del poeta – presidente que proclamaba, desde el altozano del poder virreinal, como su más grande hazaña la de no haber visto jamás el mar. 

Que ya empezaba a regalarse a pedazos, porque era más grato al poder virreinal el olor de las brumas entre los eucaliptus que el yodado y salitroso de la mar océana de los caribes.

Aquella patria lejana, aun circundada por cerros que no dejan ver la luz, y la refundada en las estribaciones del Paramillo, son la misma, inmutable e inmóvil patria en la que todo se vale con tal que sea torcido, violento, maloliente, sombrío, ensangrentado, sucio, tramposo, criminal, bastardo.

Y son, aquella de climas fríos y rostros rubicundos, y esta de soles sin fin y caras mestizas, la misma patria que se pone de ejemplo para que se reproduzca, crezca y multiplique, igual y a perpetuidad, con sus blasones de ignominia y sus lastres de crímenes, corrupción, exclusiones y despojos.

La misma e inalterable patria de los cadáveres sonámbulos; de las leyes para atropellar, robar, matar, corromper; para entrar a saco roto en los bienes públicos.

Y también, para entrar fugazmente a las cárceles y salir de ellas con la bolsa legalizada, la vergüenza restituida y una demanda cuantiosa por la honra escarnecida del pillo que, a punta de leyes hace pillaje, lo enmienda y se le indemniza con abultado estipendio por su aviesa hazaña.

¡Qué patria! ¡Qué cadáveres! 

Hay que verlos erguidos y desafiantes, sacándole pecho a todo, llevándose por delante todo, pisoteando todo, contaminando todo, alzándose con todo, arrogándose todo, metiéndose en todo, robándose todo. 

Son los cadáveres redivivos del poder, insaciables de todo; alzándose por encima de todos, usurpando todo, metiendo sus manos podridas y sanguinolentas en todo, liquidando todo a su favor, exprimiendo todo.

Y eso que están muertos, que no tienen fuerza, que perdieron el habla, que se corrompieron en cuerpo y alma, que ya no tienen credenciales.

Pero saben de la debilidad, la falta de coraje, la indignidad y “el aura de mediocridad” de los vivos.

Y sobre ella se levantan altaneros, los cadáveres del Poder, para reinar sin limites.

*Poeta

@CristoGarciaTap

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