Por: Reinaldo Spitaletta

Los campeonatos de la mafia

Colombia es país de doble moral: con una mano dispara, con la otra se persigna. Algo recuerda, ya sin estupor, a aquellos muchachos que “no nacieron pa’ semilla”, que antes de matar, se encomendaban a todas las vírgenes y se llenaban sus tobillos de escapularios. Tal vez seguían al dedillo la consigna de la perversión: “el que peca y reza, empata”. Y aquí, en este punto, el asunto ya suena un poco a fútbol profesional colombiano.

El narcotráfico lo ha permeado todo o casi todo en este país de hipócritas y asesinos. Desde antes de los Builes, de la reina de la coca, de Escobar, de los Rodríguez Orejuela, ya los carteles de la marihuana y del contrabando de cigarrillos y licores hacían fiesta, compraban políticos, elegían reinas de belleza y se hacían leer el futuro de brujas y gitanas. En los tiempos de López Michelsen y Turbay Ayala, estaban expeditas la “ventana siniestra” y las bendiciones a los capos, y en las paredes se leían consignas de organizaciones de izquierda: “Turbay es la mafia”.

El anuncio de directivos del onceno Millonarios, de Bogotá, de devolver las estrellas ganadas cuando sus dueños eran mafiosos, ha alborotado la parroquia. Algunos periodistas deportivos, tal vez con una historia turbia al servicio de ciertos carteles, han dicho que para qué despertar el pasado; otros, como Esteban Jaramillo, declararon que cuando los jefes de los carteles se adueñaron de los equipos de fútbol, la mayoría de los que tenían que ver con el sector “convivieron con ellos” (El Espectador, 30-09-2012).

Pero el cuento es que no sólo al fútbol profesional y aficionado lo ha penetrado el narcotráfico. La política, la economía, la religiosidad popular (caso la virgen de los sicarios), los bancos, las instituciones, se han vendido como prostitutas a los capos y sus fortunas. De esta situación de laxitud han surgido las narcolimosnas y la parapolítica, el caso ocho mil, la compraventa de votos y de dirigentes políticos. Y también una serie de lambones y arrastrados que se han prosternado ante los relumbrones y la vulgaridad de padrinos y de sus lugartenientes.

La sonada propuesta de Millonarios de renunciar a dos de sus títulos, ha puesto en la palestra pública una historia de vergüenzas sin fin. ¿Qué otros equipos, por ejemplo, deberían hacer lo mismo por todo lo que el narcotráfico les consiguió? Ah, y de otro lado, aparte de reinitas y testaferros, ¿qué personajes e instituciones deberían devolver los “buenos oficios” que los capos les proporcionaron? Quisieran muchos ver el desfile con los tipos que se despojarán de camionetas blindadas, dólares, fincas, yates, armas, tetramotos, joyas y curules.

Se ha dicho que si Millonarios abre el baúl de sus deshonras, lo deben hacer también otros equipos que, como aquel, ganaron campeonatos debido a la intervención criminal del narcotráfico. Pero, aparte de las presuntas devoluciones de galardones y bienes, quién devolverá la vida al árbitro Álvaro Ortega, a los suegros de dos futbolistas del América, y ni qué decir de los miles de muertos ocasionados por los carro-bombas, los atentados terroristas, las matanzas de esquina… El narcotráfico, que penetró la guerrilla, que ha hecho y deshecho en un país de corrupciones como Colombia, ha tenido en el fútbol una plaza para el lavado de activos.

¿Cuántos partidos compraría Pablo Escobar? ¿Cuántos los Rodríguez Orejuela y el Mexicano? ¿Cuántos futbolistas amenazados, sobornados? ¿Cuántos periodistas estuvieron al servicio de esa máquina de muerte?

El precitado Esteban Jaramillo advierte sobre esto último que había periodistas al servicio de los narcos. “Tengo forma de demostrar que dos de ellos recibían dinero de uno de los carteles. Y hoy, desde su arrogancia, arremeten contra la gente porque son apologistas de la moral cuando tienen también un pasado repugnante”.
Desde hace más de cuatro décadas, el narcotráfico ha corrompido almas y vuelto desalmados a muchos que posan de “hombres de buena conducta”. Su injerencia en distintos ámbitos de la sociedad colombiana, ha producido las peores demostraciones de inmoralidad, criminalidad y corruptelas.

Así que la noticia de Millonarios, retórica y demagógica para algunos, es otra posibilidad de abrir debates en torno a nuestra historia negra, de perversiones y dobleces. Y para pensar en algo perdido en Colombia: la ética.

 

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