Por: Juan Gabriel Vásquez

Los caprichos del capataz

AHÍ ESTABA YO, OYENDO EL DIScurso que dio hace setenta años un escritor norteamericano, cuando me encontré pensando no en el escritor, ni en el elogio que hace de Roosevelt, ni en la denuncia que hace de los medios conservadores de Estados Unidos, sino en Andrés Felipe Arias.

El escritor es Sinclair Lewis, que en 1940 hizo parte del Comité de Escritores por Roosevelt, y la denuncia se refiere a las acusaciones desfachatadas de los republicanos: que Roosevelt quiere ser dictador, que está poniendo la democracia en peligro, etcétera. Y pensaba en escribir una columna sobre lo poco que ha cambiado la vida política: a las diatribas anti-Obama de los republicanos de ahora podríamos aplicar las palabras de Lewis: “parecen un mal chiste”. Pero entonces el discurso se fija por un momento en el oponente de Roosevelt: el republicano Wendell Wilkie, sorpresivo candidato a la presidencia. De él menciona su juventud y su “pureza de corazón”, pero enseguida señala que no tiene ninguna experiencia política. Y se pregunta: “¿Debemos arriesgar todo el país durante los próximos cuatro años sólo para educarlo?”.

Creo que fue esta última frase la que me puso a pensar en Andrés Felipe Arias. No, desde luego, la parte sobre la pureza del corazón, porque el gran talento de Arias ha sido esa capacidad para acumular tantas impurezas en tan poco tiempo, pero sí la parte sobre los riesgos. Porque eso es, por lo visto, lo que está dispuesta a hacer la mitad de los conservadores: arriesgar el país para educar al niño. Y el niño, es cierto, necesita educación: en su paso por la escena pública, lo único que ha demostrado es una incompetencia a toda prueba. Está bien, ha demostrado otras cosas: una lambonería sin precedentes, el más grosero oportunismo y una curiosa incapacidad para producir una sola idea. ¿Qué piensa Arias? Nadie lo sabe: sabemos, en cambio, como quién le gustaría pensar. El que un funcionario insulso cuyo ministerio ha fracasado de manera tan estrepitosa, cuyos actos se han convertido en graves escándalos tanto durante como después de su paso por el puesto, aspire a la presidencia sin que nadie se ría, es más, mucho más que un mal chiste: es el gran legado de la era Uribe.

Ésta es la Colombia de Uribe: un lugar donde no se precisa tener ninguna valía para acceder al poder, donde el servilismo y el parasitismo son credenciales políticas. También en esto nos parecemos a la Venezuela de Chávez, cuyos lacayos han aprendido que la imitación desvergonzada del caudillo —la ramplonería, la descalificación barata, la estrategia de la interjección y el insulto— es lo que uno llama hacer política. Un lugar donde alguien tan pequeño (y no me refiero a su estatura) es considerado un candidato viable, es un lugar que está mal, un lugar que se ha equivocado de rumbo.

Los votantes uribistas, convencidos de buena o mala fe de los éxitos de su mandato (alguno hay), le han perdonado a Uribe la amoralidad de su administración, la transformación de la fe pública en mercancía y la devaluación en general del contrato social. Yo veo a Arias y me pregunto si su precandidatura no será una más de esas indulgencias, otra cosa que los conservadores le toleran a Uribe como se le toleran sus caprichos a un capataz malgeniado. Y me pregunto: ¿no habrá mejores razones para elegir a alguien?

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