Por: Juan Gabriel Vásquez

Los censores

LA AMERICAN LIBRARY ASSOCIAtion, que agrupa a todas las bibliotecas de Estados Unidos, recibe cada año miles de quejas por los libros que pone en sus estantes, y al final hace una lista con los títulos que los usuarios piden eliminar o prohibir.

He leído en el Guardian que un integrante asiduo de las últimas listas es un libro para niños donde dos pingüinos adoptan a un pingüinito: pues hay en Estados Unidos miles de usuarios para quienes ese libro no es más que una apología de la homosexualidad y un atentado contra la familia. Ahora, un libro del mainstream literario ha entrado en la lista: The kite runner, de Khaled Hosseini, que en español se llama Cometas en el cielo. Pero no es de la novela que quiero hablar, sino de su censura.

Porque eso es lo que ocurre en esas listas: censura, o más bien el impulso humano, demasiado humano, de censurar. Por debajo de la censura va la idea de que, al prohibir un libro que toque un tema, el tema desaparecerá de la vida real. Si prohibimos a los pingüinos gays, piensa el censor, la homosexualidad desaparecerá; si prohibimos las drogas, piensa el presidente Uribe, la gente dejará de drogarse. El censor también tiene otra obsesión: proteger a los demás. Siente que los ciudadanos son niños pequeños y que su responsabilidad es evitar que esos niños se topen con cosas dañinas, no vaya a ser que, bueno, se hagan daño. Y la solución, claro, es prohibir. Yo nunca lo he hecho, pero prohibir debe de ser divertidísimo: basta mirar la cantidad de gente que se dedica a eso, y que sigue dedicándose a eso a pesar de que históricamente los censores han sido expertos, una y otra vez, en hacer el ridículo.

Los españoles, por ejemplo, recuerdan los ridículos en que incurrieron los censores de Franco. Uno de ellos, Gabriel Arias Salgado, se hizo famoso al decir que una novela sólo merece publicarse si “marido y mujer, en un matrimonio legítimamente constituido, podían leérsela el uno al otro sin ruborizarse mutuamente y, sobre todo, sin excitarse”. Recuerdan también que en cierta película de Hollywood los amantes adúlteros se encerraban en un cuarto, y el espectador se imaginaba lo que pasaba ahí dentro; indignados, los censores franquistas cambiaron el doblaje para que los amantes no fueran amantes, sino hermanos. No cayeron en la cuenta de que el espectador seguía imaginándose lo que ocurría detrás de la puerta, pero el pecado ya no era el adulterio sino, gracias a los astutos censores, el incesto.

Claro: no se puede ser censor sin ser más bien corto de luces. En su extraordinaria biografía de García Márquez, Gerald Martin nos cuenta la anécdota del premio Esso que se le concedió a La mala hora allá por 1962. La Academia Colombiana fue la encargada de escoger al ganador; y el padre Félix Restrepo, presidente en ese momento de la Academia, estaba indignado por la presencia en el manuscrito de dos palabras: “anticonceptivo” y “masturbación”. El padre le pidió al embajador colombiano en México que hablara con García Márquez y le sugiriera quitar las dos palabras. García Márquez, que ya había recibido la plata del premio, le dijo al embajador que accedía a cortar una, y le permitió escogerla. El embajador escogió “masturbación”.

Y con ello, para dicha del padre Félix Restrepo, los seres humanos dejaron de masturbarse.

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