Los cimientos de la monumentalidad del mal

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La monumentalidad del mal tiene como cimiento la cotidianidad anodina. Asqueados con el video del humorista de Valledupar Fabio Zuleta, miembro de una de las familias referentes del legado folclórico y cultural que inventó esta región, es importante reflexionar más allá de la incontestable indignación que uno debe sentir por este acontecimiento infame. Es importante y necesario señalar que nada de lo que dijo el señor Zuleta —en compañía del indígena wayuu que se prestó para este acto vergonzante— está fuera de los imaginarios con los que se criaron varias generaciones de hombres y mujeres en los territorios del sur del departamento de La Guajira y el norte del Cesar, tierras que hasta un tiempo no tan remoto fueron parte del llamado Magdalena Grande. Lo que hizo este señor —en forma violenta, burda, desvergonzada y hasta delincuencial— fue darles rienda suelta a unos códigos de creencias, estereotipos y convenciones instalados desde hacía tiempo en la cotidianidad de los pretiles, chistes y conversaciones de una que otra parranda. Mentiría cualquier vallenato o guajiro de la generación de Zuleta, de la de más atrás o incluso de alguna más reciente, si dijera que nunca en su vida escuchó alguna referencia a la supuesta falta de vello púbico de las mujeres indígenas, a su supuesta pasividad durante el acto sexual o ningún rumor de que alguien, sin ser miembro de una comunidad indígena, habría comprado a una mujer wayuu. Sé de lo que hablo. Nací y crecí en Valledupar.

Repito: indignarse y escandalizarse es necesario, ni más faltaba. Este tipo de actos no se pueden naturalizar. Considero, incluso, que el señor Zuleta debería ser denunciado ante la justicia por incitar al delito de trata de personas. Pero también hay que decir que en este país, en medio de la atrocidad, nos hemos arropado con la cobija de lo políticamente correcto y construido una visión romantizada de las comunidades y las víctimas, que también es una manera de discriminación; hemos tocado apenas de soslayo discusiones que ameritan tratamientos más profundos y que debieron darse desde tiempo atrás en varios ámbitos, incluyendo, sobre todo, a las mismas comunidades. Pero nos acostumbramos solo a discutir estos temas cuando el mal aparece en su monumentalidad, porque somos incapaces de asumir las discusiones si no es en la dicotomía reduccionista o en la construcción maniquea de héroes y villanos. Se nos olvida que para que un tipo como Zuleta apareciera en su condición de sociópata diciendo las barbaridades que dijo de las indígenas wayuus, antes el mal venía construyendo sus cimientos en una cotidianidad que nadie parecía poner en entredicho. Jorge 40 y sus atrocidades son inéditas, lo que no es inédito son las maneras cotidianas como se fue construyendo un supuesto orden bucólico en la región en la que la gente, sin distinción de clases ni origen, vivía apaciblemente en una arcadia feliz. Sé —desde mucho antes de que aparecieran los llamados señores de la guerra con sus ejércitos de muerte— del respeto y la admiración que se profesaba por algunos individuos que, con pistola al cinto y como parte de sus labores cívicas, perseguían y capturaban a ladrones de poca monta y controlaban a borrachos perniciosos. Sobre esa base de defensa cotidiana de un orden y unos principios se montó una estructura mafiosa. Ya todos sabemos los resultados.

Las cifras y las acciones de terror muestran la monumentalidad del mal, en lo que nadie parece fijarse —y creo que allí radica parte del fracaso de las políticas de memoria, verdad y reconciliación— es en la cotidianidad de aparente inocencia que le sirvió de cimiento.

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