Por: Armando Montenegro

Los colegios de los niños

Hace más de cien años, Rafael Uribe Uribe escribió: “He conocido en Colombia muchos ministros de instrucción pública, secretarios departamentales…, que llevan a sus hijos a establecimientos privados, especialmente a los dirigidos por órdenes religiosas extranjeras. Es una paladina confesión de su propia incapacidad y reconocimiento de que el producto que fabrican no sirve, pues son los primeros en no consumirlo…”.

Numerosos académicos han señalado que entre los orígenes del abismo educativo latinoamericano —buena educación privada para las élites y mala educación pública para las mayorías— se encuentra el hecho de que los líderes de las nuevas repúblicas en el siglo XIX, al tener resuelta la educación de sus hijos en colegios privados, carecieron de incentivos para crear un sistema público para todos. En Estados Unidos y varios países europeos, en cambio, se estableció una educación pública general, de tal forma que si los dirigentes querían mejorar la instrucción de sus hijos, debían apoyar el sistema del Estado.

Es sobresaliente el caso de Luis Carlos Galán, quien, a diferencia de otros líderes, envió a sus hijos al mejor colegio público que pudo conseguir, como prueba de la congruencia entre sus ideas y sus acciones.

En las últimas décadas, la mejoría de la educación pública y privada se convirtió en un objetivo de dirigentes de todos los partidos, de manera independiente del tipo de colegios en donde matriculaban a sus hijos. Se ha hecho un gran esfuerzo para elevar la cobertura y mejorar la calidad. Los presupuestos crecieron, se profundizó la descentralización, se hizo más rigurosa la selección de maestros y se comenzaron a crear incentivos para mejorar su desempeño. Pero falta mucho para cerrar la brecha.

Varios líderes de izquierda, defensores de la educación estatal, seguramente conscientes de la mala calidad de las escuelas públicas, también envían a sus hijos a colegios privados. Este fue el caso de Samuel Moreno y también del alcalde Petro, quien reconoció hace poco que sus hijos asisten al Liceo Francés, uno de los favoritos de la élite bogotana (aunque Petro insistió en que ese colegio es público porque recibe recursos del gobierno francés, es claro que es bastante mejor que las precarias escuelas distritales donde tienen que ir, sin remedio, los hijos de los pobres).

Los hijos de algunos conocidos líderes de Fecode también han ido a colegios privados, lo cual lleva a pensar que sus padres son conscientes de la realidad de las escuelas donde enseñan, la fuente de su poder sindical y político, a las cuales deben resignarse millones de colombianos sin recursos.

Es probable que los líderes de derecha e izquierda, de gremios y sindicatos, quienes gozan de alguna holgura económica, le contestaran al general Uribe Uribe que, como el producto que se fabrica en la mayoría de los colegios estatales no sirve, por amor a sus hijos, no se atreven a enviarlos a las escuelas públicas. Es posible que él les respondiera que, por razones de equidad, Colombia debería contar con un sistema público que sea capaz de mejorar las perspectivas de vida de los jóvenes y, además, que ésta debería ser una de las razones para que todos, especialmente los maestros, apoyen una gran reforma educativa. Este sería un gran paso para reducir la enorme desigualdad en Colombia.

 

 

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