Por: Ernesto Yamhure

Los colmillos de Corea del Norte

LA TRANQUILIDAD DE ESTA SEMANA Santa se ha visto alterada por cuenta del cohete Unha-2, lanzado desde la costa occidental de la enigmática Corea del Norte en la madrugada del pasado domingo.

El hecho ha agitado nuevamente un asunto al que el mundo no le ha puesto la atención que se merece y que en algunas oportunidades ha sido tratado con desdén: la capacidad bélica del régimen de Pyongyang que en octubre de 2006 realizó su primer ensayo nuclear.

Consecuencia de esa prueba, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, reunido de emergencia, emitió la resolución 1718 en la que “exige que la República Popular Democrática de Corea no haga nuevos ensayos nucleares ni lanzamientos de misiles balísticos”. Esta misma declaración “decide también que la RPDC abandone todas las demás armas de destrucción en masa existentes y su programa de misiles balísticos de manera completa, verificable e irreversible”. Así mismo, los 15 Estados que entonces integraban el Consejo, hicieron un llamado para que continuara el diálogo de las seis partes —Estados Unidos, Rusia, China, Japón y las dos Coreas— cuyo objetivo consiste en la desnuclearización de la península coreana.

Ese propósito diplomático no se ha cumplido y se podría decir que gracias a la poca atención que se ha puesto sobre el régimen de Kim Jong Il, éste se dio la licencia de pasarse por la faja a la citada resolución 1718.

Ahora bien, los norcoreanos han alegado que el lanzamiento respondió a un procedimiento más de su carrera por la conquista del espacio y que el cohete que tiene a la región en vilo transportaba el satélite de comunicaciones Kwangmyongsong N° 2.

La versión es poco creíble si se tiene en cuenta que éste es el país que más gasta de su PIB en asuntos militares, con un porcentaje estimado del 25%. Su fuerza disponible es de más de un millón de personas, mientras que 12 millones, el 50% de la población, integran la primera línea de reserva.

Desde hace muchos años, tal vez desde que Kim Jong Il llegó al poder como heredero de la revolución que comenzó su padre, Kim Il Sung, Corea del Norte, de manera sigilosa, se ha concentrado en alcanzar el sueño dorado de todos los regímenes autoritarios: tener el poderío militar suficiente para poner al planeta de rodillas. Su desespero bélico obnubila a los norcoreanos, a quienes pareciera no importarles tener la deshonrosa tasa de mortalidad infantil de 51.34 por cada mil nacimientos, cifra bastante mayor que la de sus vecinos Corea del Sur: 4.26; Rusia: 10.56, y China: 20.25.

Plantear una guerra “preventiva” con ese país significaría, sin lugar a dudas, una confrontación nuclear. Pyongyang está dispuesta a todo. No van a retroceder fácilmente. Su embajador ante las Naciones Unidas, en tono amenazante, dijo esta semana que si el Consejo de Seguridad adopta alguna sanción en contra de su gobierno, éste reaccionará “con firmeza”.

 Desafortunadamente para la humanidad, algo va de Hugo Chávez —cuyas amenazas no son más que las simples baladronadas de un payaso— a Kim Jong Il, quien en sus manos tiene el destino de millones de vidas.

En este caso, habrá que privilegiar el diálogo diplomático. Retomar las rondas de conversaciones de los seis países y coordinar con la Unión Europea cualquier paso que se vaya a dar. Lo importante es que no quede la percepción de que el mundo ha doblado su cerviz, porque los norcoreanos lo interpretarán como un gesto de debilidad que seguramente responderán con provocaciones como la de esta semana.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ernesto Yamhure

Destrozando a Uribe

Condiciones inamovibles

Doblar la página

Debate por la vida

Heil Gilma