Conversatorio de Colombia 2020

hace 7 horas
Por: Marcelo Caruso A.

Los conflictos del Conflicto

Una cosa es el conflicto armado y otra es la forma que éste toma en los territorios.

 En lo nacional es un conflicto que incluye contenidos políticos (democracia), militares (control por la fuerza de territorios), económicos (antagonismos entre modos de producción) y sociales (debate sobre garantía de los derechos humanos). De este discurso se encargan los grandes jefes políticos de las partes en conflicto, con la común dificultad de que no logran mucha credibilidad, pues no se entiende por qué sus supuestas buenas intenciones no sirven para explicar las dinámicas injustas que la guerra adquiere en el territorio. Si el problema fuera que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace, podría considerarse como ético, pero el asunto es más grave. Una es la escala de valores en la que se mueven los jefes de los conflictos y otra las formas que este conflicto toma en los territorios. Entre los grandes discursos que explican o niegan las causas, siempre la mediación es política, y la justificación que se utiliza sobre la necesidad de recurrir a la represión o a la insurgencia, es el nivel más antagónico de las diferencias. Pero cuando la “guerra justa” se reproduce en múltiples conflictos locales que serían los más fáciles de resolver por la vecindad de las partes, sorprende que la violencia se exprese con grados de brutalidad, imposibles de justificar desde los grandes discursos.

Se intenta explicarlos desde una cultura de la violencia, de la creciente delincuencia común, del papel del narcotráfico, todo real pero insuficiente. La mayoría de estos conflictos locales están marcados por la codicia, fuente de lo que hoy se le llama la “degradación” del conflicto armado. Quienes se propongan resolver un conflicto, no pueden ignorar la importancia de las brutales réplicas cotidianas que su prolongación ha ido generando.

Una guerra civil particular, que cuando más se prolonga más se degrada, que lleva a que los grandes intereses se conviertan en personales, y lo que antes era posible de resolver en lo territorial con la conciliación o la ley, hoy su “solución” adquiere un carácter de violencia irracional. Bajo el mortuorio manto de la guerra, se mata también por codicia, para cobrar o no pagar una deuda. Se declara el apoyo a la fuerza territorialmente dominante, siempre y cuando sirva para mis negocios, legales o ilegales. Pero también en su nombre se mata por agravios, rencillas familiares o se violan y asesinan mujeres por acosos rechazados. Directa o indirectamente, estas deformaciones enfermizas se construyen al calor del conflicto armado. Se denuncia a un terrorista, pero para no pagarle una deuda. Conductas “civiles” que se extienden cuando las utilizan los distintos actores armados que conviven con la población civil en esos territorios. Negociar la paz entre los jefes de los ejércitos puede ser en la actual coyuntura mucho menos antagónico y complejo que abordar las raíces violentas que en su nombre se han insertado en las relaciones cotidianas. Por eso la superación de estas realidades que también se convierten en estructurales, deberá surgir desde las víctimas, quienes en su gran mayoría son consecuencia de las formas degradadas que la guerra toma en lo territorial.

La reconciliación frente a estas heridas marcadas de subjetividades adoloridas, requiere que la rehabilitación psicosocial surja de la reconstrucción de tejidos sociales productivos, como de tejidos políticos democráticos, participativos, tolerantes frente al pasado y la diferencia, pero intolerantes frente a la injusticia y la mentira. Verdad, justicia y reparación autoconstruida y gestionada desde los victimizados.

 

 

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