"El aislamiento preventivo obligatorio se extenderá hasta el 27 de abril": Iván Duque

hace 9 horas
Por: Piedad Bonnett

Los de abajo

En Roma, la película de Alfonso Cuarón, las empleadas domésticas se alojan en un cuarto ubicado en una terraza altísima, apartadas totalmente de la familia. Esta separación, determinada en principio por la arquitectura, evidencia muy claramente una discriminación. Porque no hay arquitectura que no dé cuenta de los valores de una sociedad. De hecho, en todas las tradiciones los “sirvientes” han estado siempre relegados al lugar más apartado de las casas. En Parásito, la extraordinaria e inclasificable cinta del surcoreano Bong Joon-ho, la metáfora, en cambio, parte de lo subterráneo. Una de las familias protagónicas, cuyos miembros al comienzo de la película están todos desempleados, habitan un cuchitril en un semisótano abigarrado que da a una calle sórdida; un lugar precario, en riesgo de inundación permanente, donde la señal de internet es robada y donde en el verano agobiante pululan los insectos. Y en el centro mismo de la historia hay un túnel subterráneo que va a ser espacio crucial para ilustrar la desesperación de los que nada tienen. Con una sonrisa que a menudo se resuelve en carcajada, lo que vemos es cómo esta familia de bajos recursos recurre al ingenio y al ardid para sobrevivir a costa de una familia pudiente que vive en los altos de la ciudad, donde suelen vivir los ricos, en una casa donde todo es asepsia y relación armónica con la naturaleza.

Hay muchas razones para ver esta obra de humor negro, a la vez hilarante y brutal, de la que salimos golpeados. En primer lugar, que Parásito es una obra emblemática de estos tiempos, pues nos permite evidenciar la atroz naturalización con que vivimos la desigualdad, la discriminación y la utilización del otro. Y en segundo lugar, que lo logra de forma muy original, con recursos cinematográficos cercanos al teatro —a la comedia de equivocaciones con sus simetrías y su poder de síntesis— y a la picaresca, y con un manejo de lo desmesurado que la mantiene en el filo de lo absurdo y que, a pesar de rozar lo inverosímil, atrapa desde un comienzo al espectador, que oscila entre la risa abierta y el estupor.

Parásito señala de manera irónica y punzante el paternalismo de los ricos, que cesa cuando el que sirve “se pasa de la raya”; la insalvable distancia entre ricos y pobres, consecuencia de un sistema económico despiadado; el deseo de “los de abajo” —para usar la expresión de Mariano Azuela— de acceder a una forma de vida digna que la sociedad les niega; y a la desesperanza de los jóvenes que en este submundo se sienten atrapados, sin derecho a la belleza y a un futuro. La triste lección la da el padre del clan al hijo: “Lo mejor para que todo salga bien es que no hagas planes”.

La maestría del director consiste en abordar este difícil tema, no desde el realismo, sino desde la farsa —con mucho de Tarantino— y sin paternalismos o idealizaciones, poniendo a vacilar cualquier mirada moralista, y relativizando, por lo demás, la noción de parásito. Y en irnos mostrando cómo se acumula la rabia —no el odio, pues entre patrones y servidores lo que hay en Parásito es una mezcla de simpatía e indiferencia— recordándoles a nuestras conciencias que, si no luchamos por desterrar del mundo la pobreza, puede haber un estallido de pavorosas consecuencias.

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2020-01-19T00:00:50-05:00

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2020-01-19T00:30:01-05:00

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