Por: Cartas de los lectores

Los de siempre: sobre las elecciones en Íquira, Huila

La enfermedad de poder es incurable, carcome las ideas de lo correcto y lleva al ser a una inconsistencia humana. Es sorprendente que en un pueblo tan pequeño, desde el bipartidismo hasta las falencias de la democracia se vean tan claras.

Para nadie es un secreto que el ser humano siempre ha dado una lucha por el poder, ha inventado historias en busca de su máxima expansión, porque en su incapacidad mortal cree fielmente que todo lo puede y todo se debe a él.

Sin embargo, entre tanto suceso hemos logrado salir vivos, aunque incompletos. Las últimas dos décadas han transcurrido en la atmósfera viciada que dejaron quienes se atrevieron a hacer cambios estructurales, y que pocos consiguieron.

Muchos se dedicaron simplemente a engrosar bolsillos; la compra y venta de propiedades de la mano de terceros fue su programa. En un principio la falta de vigilancia estatal y la poca veeduría hicieron que muchos metieran las manos en aquellos negocios que de éticos ni el nombre.

Hay aquellos que le dieron al Gobierno una participación significativa y con ello se lograron crear algunas agremiaciones en busca de una economía sólida y equitativa.

Para quienes la cultura y las ferias agropecuarias les daban un toque de popularidad hicieron de ellas todo un show político, cultural y económico.

Asimismo están los que sanearon las finanzas y ordenaron la administración de una manera más competitiva, incluso cuando el escritorio de cemento les negó la posibilidad de conocer el territorio.

Hay aquellos que entregaron significativos números de casas, programas de vivienda, mejoramientos sociales, vías y cambios a la costumbre y la cultura, como desaparecer la galería.

Conocidos popularmente como exalcaldes, estos buitres de lo político corren entre la muchedumbre ostentando la arrogancia de quienes se niegan a dejar la teta pública. Van equipados de una oratoria que suele danzar entre lo más estúpido y risible hasta aquella que mueve “fibras” en el electorado. Otros, en cambio, son privilegiados del análisis político y encubren su malévolo afán de poder bajo camándulas y tristes palomas blancas.

Son ellos, los de siempre, los que retoman la política a una convivencia que bien puede definirse, en su mayoría, como personal.

Por si el simple hecho de tenerlos en cuadros y recuerdos poco gratos es insuficiente, ahora han creado un campo de batalla donde buscan, paradójicamente, luchar por sus convicciones mezquinas bajo diferentes banderas sociales.

En el fondo, la democracia así lo permite, la famosa “participación de todos”. Pero es majadero respaldar lo anterior cuando una sociedad no ha sido educada para tal comprensión y, de serlo, muy seguramente la democracia no sería nuestra forma de gobierno.

Siempre es bueno conservar la esperanza de los buenos cambios, incluso si ya es demasiado tarde para apreciarlos. Los de siempre no son los dueños aunque así lo crean; la verdadera esencia del territorio es el pueblo.

Edwin Tamayo Peña.

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